jueves, 25 de septiembre de 2008

Esos pequeños infelices.

Hay un tipo de gente que me revuelve las tripas. No les tengo un odio especial, porque para odiar a alguien hay que tenerle respeto y cierta consideración, más bien es un sentimiento de pena y de liberación.
Estas personas son antiguos profesores que se dedicaron a amargarle la vida a sus pequeños -y no tan pequeños- alumnos porque tenían una posición de poder y se servían del miedo que inspiraban, que no respeto. Eso les quedaba muy lejos.
Ahora, visto con el paso de los años y con un poco más de mundo en el cuerpo, he de decir que me parecen ridículos. Uno era un proyecto de cura que nos daba clase en los Escolapios y que siempre estaba fumando, riñéndole a los niños y aprovechaba cualquier oportunidad para reirse de ellos. Creo que nunca le cayó bien a sus compañeros, y si por aquel entonces fuéramos como somos hoy, no nos iba a decir dos veces "como no te calles te arranco la cabeza". El pobre imbécil. Porque estoy seguro de que si ahora, que le sacaríamos sus buenos 15 centímetros y con nuestra corpulencia, que en mi caso es bastante; si ahora, decía, quisiera convencernos de algo, probablemente recurriría al diálogo y se metería las amenazas dónde le quepan.
Con el paso del tiempo nos enteramos de que le dio una bendición tan fuerte a una feligresa que la dejó preñada, y nunca llegó a cantar misa. Eso sí, el Sole mio debió cantarlo a los cuatro vientos.
La seguna interfecta fue una profesora de lengua y literatura del instituto. Cuando llegamos y nos dijeron que nos iba a dar clase todos los veteranos nos miraron con ojos de comprensión, levantaron los hombros, y prácticamente dijeron que verdes las habíamos segado, colegas. La susodicha utilizaba el miedo que metía en el cuerpo a los alumnos como arma de defensa, para curarse en salud y prevenir males mayores.
Recuerdo su forma de exigir los ejercicios y cómo nos los daba corregidos al día siguiente, y hoy no me habría hecho mala sangre de no encontrarlos, todavía metidos en su carpeta de clase, si no me hubiera puesto a leer los comentarios jocosos y dicharacheros de aquí mi amiga.
En el fondo lo que me toca irremediablemente las pelotas -es evidente que a estas alturas ya tengo el cabreo a flor de piel- es que estos personajes a los que se les llena la boca pidiendo respeto y humillando al personal, como si fuéramos una panda de inútiles, rémoras que sostener con los fondos de los impuestos que ellos pagan -frase literal que nos soltó un profesor de música-, lo que me fastidia de estos personajes es que ellos mismos no tienen el menor respeto hacia sus alumnos y mucho menos hacia sus compañeros.
Y en lo tocante al respeto, que no se confundan aquí mis colegas, que si bien es cierto que nunca los respetamos tampoco les mostramos nunca malas maneras, que la educación no tiene nada que ver con lo que la gente piense del personal.
Pero claro, aquellos a los que verdaderamente respetamos, nunca tuvieron que pedirlo. Siempre supieron ganárselo.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

¿Por qué? ¿Por qué? ¿POR QUÉ?

Creo que esa es la pregunta que más se hacen los historiadores -los del Arte incluidos- a lo largo de su carrera. No siempre tiene que ver con su disciplina de estudio, a veces es más bien sobre los profesores -"¿por qué cogería la asignatura de este cretino?" y cosas por el estilo-, pero la mayoría de las veces sí.
La Historia del Arte es una disciplina de países ricos, como dice Carlos, y aunque no tiene una finalidad práctica como puede ser la fontanería, sí hay que reconocerle un valor. No me acuerdo quién dijo que "nada hay más útil para el ser humano que aquello que es completamente inútil". En el fondo es cierto.
La música no es útil, la pintura tampoco, ni siquiera la literatura es útil. Con una sinfonía de Mozart no se cura un tumor cerebral, y con un cuadro de Rembrandt no se come. Sin embargo, ¿quién no se ha sentido conmovido con una película, leyendo un libro o contemplando un cuadro? Eso es porque el ser humano es sensible por naturaleza a ciertos estímulos -de esto se encarga la Estética- y la Historia del Arte, en cierto sentido, es una ciencia que trata de los estímulos que conducen hacia ciertas emociones.
Por otra parte, el "por qué" más común es el que el historiador se plantea a raíz de la obra en sí misma: ¿por qué es así y no de otra manera?, ¿con qué fin se ejecuta?, ¿quién la encarga?... preguntas que a veces no tienen respuesta o que son difíciles a primera vista. Pero el trabajo el historiador siempre es despejar esas incógnitas que se ciernen sobre la obra para acercarse un poco más al significado último del objeto.
Incluso cuando tenemos todos los datos posibles para fechar, catalogar y leer una obra surge otra pregunta, ésta más retorcida y dónde solemos detenernos más tiempo, que es "¿por qué es una obra de arte?". ¿Qué hace que Rembrandt sea un genio? ¿Qué hace que las obras de Bach sean unas de las expresiones más altas a las que puede llegar la música? Estas preguntas son las que rara vez tienen una respuesta convincente y casi siempre tendemos a reformularlas, a responderlas desde otro punto de vista buscando la totalidad y una visión global que permita dar una explicación racional al fenómeno artístico. Y muchas veces no la tiene.

martes, 23 de septiembre de 2008

Recuperándome.

Ayer -entiéndase el domingo- estuve hecho un asco. El diagnóstico: una reacción alérgica bastante potente a algo que me pusieron de tapa en algún antro de la ruta. Mis amigos estuvieron bien, así que las culpables deben ser una setas sospechosas hasta que se demuestre lo contrario.
Total, que me quedé sin poder ir a ver cantar a Carlos en Coruña, no vi a Iago ni a Lucía y pasé el domingo encamado viendo un documental de Victoria Prego sobre la democracia, leyendo las más de las veces de turbio en turbio, como decía Don Miguel, y pensando en quién me mandaría pedir esas malditas setas. Una y no más.
Hoy estuve tirado delante de la tele y últimamente paso más tiempo pendiente de la pantalla del ordenador que de otras cosas. Al móvil sigo sin hacerle puñetero caso. Sin ellos vivíamos mejor. El caso es que en la tele vi algún documental de viajes, y me despertó el gusanillo de algo de lo que hace tiempo me viene hablando Óscar: Europa del Este.
Después de nuestra escapadita del año pasado a Praga (véanse fotos aquí) la verdad es que tengo ganas de repetir, pero cogiendo el coche y recorriéndonos las antiguas repúblicas de la URSS. Vi un documental de unos tipos -ingleses, cómo no- que cogían un coche en Gdansk y se iban hasta San Petersburgo recorriéndose la costa. Eso sí que es un plan.
Ahora el problema es sacar tiempo -yo acabando la carrera, Óscar con el proyecto...- que va a ser asunto peliagudo, pero habría que aprovechar que todavía es barato y que nosotros somos jóvenes e inconscientes -ja ja ja-.
Si hay suerte y la cosa fructifica, el 2009 será el año de Europa del Este. Y si encuentro una novia húngara, checa o lituana... pues mucho mejor.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Esos (raros) momentos de paz

Me imagino que ahora mismo soy una estampa curiosa. Son casi las 7 de la mañana de un sábado tranquilo y el pueblo duerme. La tranquilidad sólo la rompen los jóvenes que ya van de retirada tras una noche de juerga, en coches que son viejas glorias heredadas de sus padres o abuelos.
Hace un rato pasó un barrendero empujando su carrito; después una mujer que estornudaba, ya que aunque la temperatura no es excesivamente fría, no está la mañana para ir de minifalda. Limpiadora en un banco, no sé por qué pensé eso. Probablemente por la bolsa que llevaba en la mano y el caminar cansado, con las piernas ligeramente torcidas sobre unos zapatos sin tacón.
Ahora pasa alguna furgoneta de reparto, y otras aparcan en la acera de enfrente para que los conductores hagan un alto en el bar de abajo. Abrió hace una media hora, cuando estaba en el balcón tomando el café y pude oir cómo se levantaba la persiana metálica y Angelines encendía la tele. Hasta mí subió un olor indescriptible a bar recién fregado, ventilándose después de una noche de juerga.
Ahora algún listo pone su coche tuneado a 100 por hora en un tramo de unos escasos 120 metros. Da unos cuantos golpes de gas y frena; los stops son orientativos. Y un servidor, en pijama, con una chaqueta naranja por encima y la segunda taza de café en la mano va a darle al botón de publicar entrada para salir de nuevo al balcón y esperar a que amanezca, que no es poco.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Getting started

Bueno, pues una vez más estoy delante de la pantalla preguntándome por qué empiezo un blog.
Será uno de esos casos de "culo veo culo quiero", porque hoy día todo el mundo tiene un espacio en Internet donde verter sus ideas y sus opiniones sobre cualquier asunto. Ayer encontré el de un primo político con el que apenas había hablado, y resulta que es un tipo la mar de interesante, un pionero en el mundo de los blogs.
En mi caso no es la primera vez que empiezo uno de éstos, pero siempre habían sido bajo pseudónimo y sobre temas muy concretos. Ahora lo que me apetece es escribir cómo me de la real gana, como en el fotolog, aunque esto es algo distinto. Un fotolog es bastante limitado, pero un blog tiene otra función. Menos social y más personal, fiel reflejo de su autor. Creo.
Diré que me gusta escribir, que disfruto leyendo lo que escribe otra gente y que el fin de este blog no es otro que hablar de todo, sin un tema determinado y diciendo lo que me venga en gana, que para eso está. Si surgen temas de política, arte, música, literatura... bienvenidos sean.
No sé si esto lo leerá mucha gente, pero a estas alturas sé que siempre acaba pasando alguien. Así que para todos aquellos que lean esto: bienvenidos.