domingo, 30 de noviembre de 2008

A Manolo Paz (Soneto).

A un escultor que con malicia,
cincel y mazo piedras descalabra,
quisiera dedicar tales palabras,
por ser orgullo y joya de Galicia.
Artista más dudoso que certero,
y digo con prudencia aqueste dicho,
esperará impaciente de arte el nicho
del que del arte fue burlón artero.
Si el valor del arte fuese en suerte
verdad absoluta y justiciera,
sería tu sentencia pena fuerte:
condenado por el rey a una galera,
sintiendo la llegada de la muerte,
Manolo, más que paz, mereces guerra.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Ron, ron, ron... la botella de ron.

Ayer salí con mis amigas de la facultad. Fuimos a ver una película, a tomar unos vinos y unos cortos, y después quedé con Jorge. Estuvimos en el Tarasca, lugar recurrente en estos últimos tiempos, pero sin los resabios amargos que tuvo en su momento ya que la compañía tampoco era la misma.
Durante un rato estuvimos con gente de la facultad, compañeros de piso -sobre todo compañeras- y cuando todo el mundo se fue y nos quedamos solos el señor von Meilán y yo, nos unimos subrepticiamente a un grupito de tres chicas que estaban solas, aguantando a un pesado al que yo bauticé con evidente malicia como Frodo.
El caso es que yo siempre he sido mucho más de morenas que de rubias, pero lo que es la vida, el jueves a mí me gustaba la rubia del grupo. Eran de Bilbao, mayores -con ese encanto que sólo da la proximidad a los 30 y la elegancia innata de una buena educación- y además resulta que eran interesantes. Nosotros no tanto, porque cuando cerraron el Tarasca estuvimos un buen rato hablando -yo riéndome de Frodo en sus narices- y al final ellas se fueron a la cama. A dormir, las muy aburridas. Fueron infelxibles pese a nuestros muchos encantos y plegarias, y las tres -Iosune, Ana y Teresa- se perdieron por la Calle San Pedro después de repartir besos que prometían más de lo que hubo.
Nosotros, los machos alfa del grupo, nos fuimos al Maycar, lugar infecto al que juro solemnemente no volver a entrar, aunque un día en que el alcohol haga sus efectos probablemente acabaré cayendo. Experiencia terrorífica para mí, un antro lleno de gente, con la música a tope y en el que después de pagar entrada -la primera vez en mi vida, en 6 años de universidad que llevo a mis espaldas- tienes derecho a una Mahou que, evidentemente, fui incapaz de beber.
El caso es que pensaba en cómo a veces uno tiene la necesidad de salir de marcha y hablar con alguna mujer, aunque sólo sea para curarse en salud y subirse un poco el ego. Funcionó, tanto que mi autoestima casi pasa de los números negativos para llegar hasta el cero. Pero eso no sé si fue labor de Ana, de mis bromas, o por simple comparación con Frodo.
¿Quién sabe?

domingo, 23 de noviembre de 2008

Relajándonos.

Después de la intensidad de los últimos días necesito escribir sobre algo trivial, absurdo y a ser posible divertido. Temas como política, religión, aborto, educación y economía no están para hacer demasiadas gracias, y la verdad, hoy no tengo la vena reivindicativa demasiado hinchada. Aunque, para ser sinceros, tampoco me apetece hablar de nada en concreto, así que para que la gente se eche unas risas -a falta de publicar mi autobiografía, que podría dar para muchas- voy a poner unas cuantas frases de Groucho Marx, maestro del humor donde los haya.
Para mí Groucho es un antecedente claro del humor de Woody Allen, al que algún día dedicaré su oportuno espacio. Las películas de los hermanos Marx tienen algo genial que las pone al mismo nivel que aquellas de Buster Keaton o Charlie Chaplin. No hay en ellas esos arriesgados números físicos, ni las peleas de tartas tan típicas de los filmes de Sennett, pero hay algo genial y único: lenguaje. La aparición del sonoro hizo que los guionistas se aplicaran en la elaboración de diálogos como en el teatro, pero el cine les daba la opción de revestir la farsa de un aparente realismo.
En fin, sin más divagaciones, les dejo con Groucho.

-Jamás pertenecería a un club que admitiera a alguien como yo.
-Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros.
-Nunca olvido una cara, pero en su caso haré gustoso una excepción.
-Fuera del perro, el mejor amigo de un hombre es un libro. Y de todas formas, dentro del perro probablemente esté demasiado oscuro para leer.
-¿Por qué debería preocuparme por la posteridad?¿Qué ha hecho la posteridad por mí?
-He pasado una noche estupenda. Pero no ha sido esta.
-Debo confesar que nací a una edad muy temprana.
-Partiendo de la nada alcancé las más altas cimas de la miseria.
-Bebo para hacer interesantes a las demás personas.
-El secreto del éxito es la honestidad. Si sabes evitarla, está hecho.
-Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Y detrás de ella está su esposa.
-Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no los conozco demasiado bien.
-¿Quiere usted casarse conmigo?¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta.
-Hijo mío, la felicidad está hecha de las pequeñas cosas: una pequeña fortuna, una pequeña mansión, un pequeño yate...
-¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero, pero cuestan tanto...!
-Cualquiera que diga que puede ver a través de las mujeres se está perdiendo un montón de cosas.
-El matrimonio es la principal causa del divorcio.

Y por último:
-Citadme diciendo que me han citado mal.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Errare humanum est.

Todos nos equivocamos alguna vez, incluso lo más listos, los más guapos y los más mejores. Yo, que no pertenezco a ninguna de esas categorías, suelo equivocarme más.
Pensaba que ayer había cometido un error -un error funesto y terrible- pero en realidad, a la luz de hoy, creo que me saqué de dentro mucha mierda que llevaba demasiado tiempo incrustada. El poder decir "te quiero", o más bien "te quise", supuso una liberación. Claro que tiene su contrapartida, porque yo creí que eso era evidente, y lo curioso es que la chica se sorprendió realmente.
Hablamos como acabamos haciéndolo siempre, borrachos, pero no tanto como para no acordarme. Y aunque sí, estaba bebido, la cosa no fue un monólogo, y ella me lo acabó sacando con sacacorchos, con la persuasión que sólo tiene una sonrisa prometedora y unos ojos en los que se podía ver el pasado de cada uno.
Ayer se lo dije porque me preguntó, porque creo que ya era hora de poner las cartas sobre la mesa y dejarnos de rodeos estúpidos, y porque creo que lo de hacer borrón y cuenta nueva es necesario.
Me di cuenta de estas cosas ahora, mientras venía conduciendo y Sabina cantaba aquello de la Calle Melancolía; me di cuenta porque a nosotros también nos dieron las 10 y las 11 y las 12 y la 1 y las 2 y las 3; me di cuenta cuando escuchaba Princesa, que parece escrita a propósito para la ocasión, y un escalofrío me recorrió el cuerpo en el verso que dice "cuántas veces hubiera dado mi vida entera porque tú me pidieras llevarte el equipaje".
Pude decir esas dos palabras -y alguna más- porque dejárselas dentro es peligroso. Porque a la larga son capaces de producirte un cáncer en el alma.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Un tipo duro. Duro de verdad.

Escribe por ahí, con frases por las que Dashiell Hammett habría dado la mano izquierda y un par de dedos de la derecha. Es un tipo oscuro al que le ronda la muerte como una amante insatisfecha que espera recibir su pago entre solo y solo del saxofón de Charlie Parker.
Vive prácticamente en el club de jazz del que ha hecho un lugar de peregrinación donde los martinis llevan aceitunas rellenas de anchoa porque es la única comida que soportan los estómagos de los clientes habituales. Donde el ambiente no lo pone el humo de los cigarrillos, sino los tipos que le hacen compañía, porque como si fuera un ente solitario a veces copa el garito y el escozor de los ojos es lo único que permite ver bellas a algunas de las coristas.
Conversa con Ernie Locuasto, el dueño del local, con Lorraine Webster y Larry el pianista. Un piano al que se sentó Oscar Peterson acompañando a Gene Krupa a la batería. Un local en el que Sinatra se paró a tomar alguna copa y que definió el pulso de la ciudad, hasta el momento en el que más que un alcalde necesitó un cardiólogo.
Escribe de una forma lírica y descarnada, capaz de hacer de un velatorio una experiencia más allá de la muerte, en la que un cadáver bonito pasaría como un objeto más de la decoración de la sala. En sus Historias del Savoy me ha recogido más de una vez para tomarnos ese último gintonic mientras Larry toca alguna canción melancólica de Henry Mancini, tarareada por Sinatra en la barra mientras fuera se suceden los tiros al compás de una bosanova.
El tipo del que hablo no es David Mammett, ni James Ellroy, ni siquiera nació en Chicago, Nueva York o Boston.
El tipo del que hablo se llama José Luis Alvite, y es capaz de escribir cosas como que "a menudo lo mejor de un beso es que el carmín no engorda".

lunes, 17 de noviembre de 2008

Renovarse o morir.

Época de cambios, no sé muy bien a cuento de qué. Quizás para solucionar mi particular crisis -que nada tiene que ver con la de la cumbre del G20- o sólo porque me cansé de ciertas actitudes.
Eso es lo que me ha llevado a ponerme unos vaqueros, cosa que no hacía desde que tenía creo que unos 10 años, más o menos la misma época en la que me di cuenta de que el chándal era un invento del demonio. Ahora no sólo me compré unos vaqueros, sino que también me he puesto una camiseta verde fosforito del Circo del Sol, que compré porque me gustaba pero no con vistas a ponérmela en la vida. Soy un enemigo acérrimo -quizás lo era, no sé- de la ropa sin botones y de los zapatos sin cordones.
¿Me encuentro cómodo? Pues sí, para qué negarlo. ¿Más cómodo que de la otra forma? No sé, igual sólo es una fase -como aquella fase nihilista que todos pasamos tarde o temprano y se define a través de la ropa de color negro- y acabo volviendo a mi estilo clásico, tan acorde con mi carácter.
Y ahora un pensamiento digno de Carrie Bradshaw: ¿es el carácter el que define la ropa que nos ponemos, o es la ropa la que define nuestro carácter?
Habrá que investigar.

domingo, 16 de noviembre de 2008

El país de Obama.

Tenemos una imagen de los americanos bastante sesgada. Se nos dice habitualmente que son una panda de fanáticos besabanderas, patriotas desmedidos, paletos con petos vaqueros que viven en granjas de Iowa, urbanitas prepotentes de Manhattan o miembros de la Asociación Nacional del Rifle amantes de los rodeoes.
Es decir, puros y simples tópicos. Hablaba el otro día con Iago y Carlos sobre el asunto, y salió un ejemplo bastante sintomático. A un americano le ponían un micrófono delante y le preguntban si sabía dónde está España y con qué países delimita. Algunos decían que con Italia, Francia... Suíza, Alemania, y otros la situaban al lado de Grecia. Aquí los españoles nos descojonamos y decimos, mira tú, colega, qué panda de burros; y éstos son los que gobiernan en el mundo libre, hay que joderse.
Estamos convencidos de nuestra superioridad y nos reímos sin impudicia de los malditos yankees como si fueran unos paletos. Ahora bien, habría que salir con un micrófono a la calle y preguntarle a los españoles con qué países delimita Grecia o Polonia. A ver con qué cara nos quedábamos al ver que nuestros compatriotas empiezan fruncir el ceño y a intentar recordar los estudios de geografía.
Lo que pasa es que para nosotros España sí tiene una relevancia que no le concedemos a Polonia o a Grecia. España tiene que estar en la reunión del G20 porque somos importantes y no nos gusta que un americano, que uno de un país sin historia con un presidente borracho y analfabeto nos ningunée. Lo de Polonia es otra cosa, que están por ahí al lado de los rumanos y sólo vienen a robar y a prostituir a sus mujeres, peso no importa que no sepamos dónde queda el asunto.
Nosotros a lo nuestro, y haciendo lo que mejor se nos ha dado siempre. Hablamos mal de los ingleses, que son unos ladrones y unos hijos de perra que sólo saben salir de su isla para llevarse el patrimonio del mundo; y nos olvidamos de su Carta Magna y su particular revolución más de cien años antes que la Revolución Francesa. De los americanos sólo nos quedamos con las hamburguesas y el paleto que levanta un rifle mirando a una bandera ondeante, pero nos olvidamos de Salinger, Capote y la música de Gershwin. Y los franceses son unos mamones que nos vuelcan los camiones de fruta y que siempre dicen que lo suyo es lo mejor de todo, pero nos olvidamos de que fueron ellos -porque la verdad, lo de los ingleses se quedó en agua de borrajas- los que instauraron las bases del estado moderno y democrático tal y como lo conocemos.
Así que estamos convencidos de que en España somos muy superiores a todos esos paletos y protestamos contra el sistema de estudios americano y todo lo que huela a barras y estrellas. Vivimos en nuestra burbuja olvidándonos de los episodios vergonzosos de nuestra historia y ensalzando otros que hemos mitificado para justificar que siempre hemos sido un país rencoroso, envidioso e incapaz de hacer algo serio. Un país donde una pandereta y una frase pegadiza vende más que un programa político serio y consecuente. Un país donde el saludo de George Bush a Zapatero importa más que lo que se ha dicho en la reunión de presidentes de gobierno más importante de los útlimos tiempos.
Y así nos luce el pelo. So shines our hair, que dirían los paletos.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Confesiones.

A veces, cuando dos tipos se juntan y hay unas botellas de alcohol por medio, acaban por hablar de mujeres. Es así, no hay más vueltas que darle, y la mayoría de las veces es para hablar de desgracias y no de lo bonito que es el mundo en las mañanas de primavera.
Hace poco hablaba con un colega de estas cosas, aprovechando una reunión de amigos. Nos reímos mucho, pero también rascamos hondo, él con sus problemas y yo con los míos, lamiéndonos las heridas entre los dos, que es mucho más rápido y además te ahorras contracturas.
Yo llegué a casa un poco bebido, después de hacer todo el trayecto hablando en verso, improvsiando sonetos que harían enrojecer a alguien más casto que nosotros, y vomitar a Calderón o a Lope. Llegué a casa después de encontrarme con una amiga que es una chica estupenda, después de dejar a mi colega y a una compañera de piso en la puerta de un garito, y con la sensación de que, después de cinco años, llevo demasiado tiempo arrastrando un cadáver del que ya sólo queda un puñado de huesos secos.
Con la sensación de que la cosa ya no es lo que era. Y lo que es peor, con la sensación de que nunca lo ha sido.

martes, 11 de noviembre de 2008

Nos estamos volviendo todos locos (II)

La sociedad occidental está tan enferma que lo que es lógico y normal adquiere proporciones descomunales, mientras que otras cosas que serían deleznables pasan como si nada. Creemos que vamos a ser jóvenes para siempre, que lo de morirse es algo que le pasa a otros y que el mundo es de color de rosa. Nos idiotizamos tanto con buenos propósitos y con buenas voluntades que cuando algo se sale de la tónica habitual de bares, tertulias y salir de copas con los amigos nos sentimos sobrepasados y reaccionamos de forma desmesurada.
Una de estas mentiras zafias que nos creemos es el eufemismo de las acciones de paz. El Ejército se nos vende como una panda de coleguitas súper buenazos que van por el mundo repartiendo comida, pasándoselo bomba en los entrenamientos como si fuera una convivencia de jóvenes del Opus Dei que sólo les falta la guitarra y cantar alrededor de una hoguera, y que ayudan a ancianitas iraquíes cuando un hijo puta viene a tirarle la casa en la guerra de turno.
Nos olvidamos de que en una carrera como es la militar lo de que te dejen listo de papeles va de oficio, y el que elige meterse a soldadito sabe que el pellejo es algo que empeña cada vez que coge el casco y sale de patrulla. Nos sorprendemos cuando un terrorista coge un coche bomba y lo estrella contra una base militar, cargándose a unos cuantos soldaditos españoles, americanos, británicos, ingleses o italianos; pero nos olvidamos de cómo se las gastaban nuestros antepasados cuando al amigo Napo le dio por conquistar España.
Hicimos una guerra de guerrillas, degollando por la noche si podíamos y procurando jugarnos el pellejo lo menos posible, matando a todos los gabachos que podíamos y cuando no había gabachos dándonos de hostias entre nosotros, que para eso los españoles siempre hemos sido muy nuestros.
En ese caso pensamos que claro, que ellos eran franceses invasores y nosotros un pueblo oprimido, y que el enano corso de los huevos lo que quería era subyugarnos y jodernos vivos, quedarse con los Murillos, los Zurbaranes y los códices medievales que ahora andan por el Louvre y hasta el Ermitage, y conseguirle el palacio real de Madrid a su hermano, que hasta entonces no tenía un adosado y necesitaba emanciparse.
Nosotros no. Nosotros vamos con la buena voluntad por delante, con esa prepotencia que siempre ha caracterizado a Occidente, pero disfrazando los motivos reales diciendo que vamos a instaurar la democracia y a acabar con las tiranías, a quitarle el burka a las mujeres oprimidas y a hacer de su sociedad algo mucho más civilizado; algo como la nuestra, donde el marido puede matar a la parienta pero luego hay una ley de violencia de género -de género bobo, porque la gente no tiene género, tiene sexo- para que el Manolo de turno, si tiene más de 65 años no vaya a la cárcel. Una sociedad en la que cada partido que gana las elecciones hace su porpia Ley de educación y cada vez se va a peor. Una sociedad en la que los valores y la educación moral se han delegado en el colegio porque los padres son incapaces de educar a sus hijos.
Y así, vamos por el mundo mandando cascos azules, boinas verdes y sólo faltan los chaquetas rojas que ayudan al peregrino en los años santos. Haciendo buenas acciones, acciones humanitarias, montados en tanques y con una metralleta al hombro, montando bases militares en países que nos son del todo ajenos si no fuera por el petróleo.
Y después, todavía ponemos cara de imbéciles y nos extrañamos de que nos maten.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Terza feira.

Al parecer ya es oficial. Acabo de ver un cartel en la facultad que anunciaba un curso sobre algo, no sé muy bien qué, y que llevaba los sellos oficiales correspondientes, en el que se leía una flamante "TERZA FEIRA" anunciando las fechas.
A estas alturas probablemente queda bastante claro que no me gustan los nacionalismos de ningún tipo, ni el de bandera con toro y paquito el chocolatero, ni el de bandera con estrella roja, himno gallego y puño en alto. Y lo que realmente me toca las huevos -voy a ir perdiendo la compostura progresivamente, me conozco- es que la gente eche mano de la Historia y la Lengua para justificar sus gustos y sentimientos.
Cualquier -ismo me parece que atenta contra el sentido común, pero en el caso de Nacionalismo Gallego la cosa es peor. Es peor porque aquí somos más originales que la madre que nos parió, y el nacionalismo, que siempre ha sido un movimiento de derechas, aquí es de izquierdas y hasta comunista. Mezclamos churras con merinas a la mínima de cambio, y cualquier manifestación en contra del proceso de Bolonia, de la LOU o del Prestige sirve como excusa para hacer proselitismo a favor de Galiza Ceive y Galiza nom e Espanha.
Queridos míos, Galicia para vosotros no será España, pero creo que tampoco es Portugal. Para eso la gente acude a excusas históricas peregrinas e idealizadas, hablando del Reino de Galicia y los Reyes de Galicia, idealizando a los Irmandiños, primeros manifestantes ellos contra el poder estatal de Castilla y los cabrones de los Reyes Católicos, e intentando recuperar el gallego-portugués. Hasta el extremo de crear la Academia Galega da Lingua Portuguesa, porque la Real Academia Galega les ha dicho a los señores del BNG que lo de "Galiza" es un invento que se han sacado de la manga, y además, incorrecto.
El caso es hacer patria, y como el vicepresidente de turno resulta que es de ideas afines todos estos investigadores y lusofonistas, historiadores del Reino de Galiza y amantes de la gaita gallega, del sustrato celta de las gentes de Galiza y de la cultura galaico portuguesa, pueden seguir publicando sus cosas con dinero público y haciendo sus ferias del cocido, con presencia de Quintana, Aymerich (apellido gallego allá dónde los haya) y toda su ralea.
Haciendo patria porque es barato disparar con pólvora del rey.
Del Rey de Galiza, claro.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Santos.

Cumplí con mi tradición anual, y estoy contento. Me imagino que muy poca gente se alegra de ir al cementerio, pero yo soy una rara avis en esto y en otras muchas cosas, así que yo a lo mío. Además, hoy hizo un día de todos los santos canónico, como Dios manda: llovió ligeramente, estuvo nublado y hacía un frío de narices. Es decir, al cementerio la gente iba con abrigos largos, mucho negro, bufandas, guantes y paraguas. Como tiene que ser.
Es curioso que el hecho de pasear por un recinto poblado de cadáveres hoy no tiene connotaciones tristes o macabras. Ya lo decía ayer, hoy es un día distinto, más por lo social que por otra cosa. No me meto en cuestiones de creencias religiosas, que cada uno es muy libre de rezarle a quién quiera, a Dios, a Alá o a Bill Gates.
En cualquier caso, una vez me he recuperado de la cena de clase del jueves, que estuvo muy bien y en la que nos lo pasamos teta -no, no va con segundas-, ahora que he realizado mi particular ritual anual honrando a mis muertos, supongo que saldré a cenar con mis amigos y a pasarlo bien. Es curioso que soy el único al que una visita al cementerio el día de santos no le pone los ánimos por los suelos. Claro que también soy el único de mis amigos que cuando va de viaje a algún sitio procura visitar algún cementerio antiguo, como Kensal Green en Londres.
Y la verdad, aparte de ser un sitio impresionante, las fotos quedan cojonudas.