jueves, 19 de febrero de 2009

Nos estamos volviendo todos locos (III).

Cómo está el mundo, colega. Acabo de ver en las noticias que una ex-concursante del Gran Hermano británico va a vender a un canal de telvisión su boda y su muerte. La chica, con un cáncer terminal, ha tenido la genial idea de contactar con un canal que le pagará unos 2 millones de euros que ella va a dejar para la educación de sus hijos. Motivo muy loable, por otra parte.
La cuestión no es si la medida es ética o no. El problema es saber qué clase de mundo es en el que vivimos si una persona que no tiene nada puede comerciar ofreciendo su muerte en directo para regocijo del respetable. No es algo nuevo: los romanos iban al Coliseo a ver cómo se mataban los gladiadores.
¿Es ético que una persona llegue a enajenarse de tal forma que pueda ver en directo cómo otra se muere y llegue a considerarlo un simple espectáculo? La verdad es que a mí el asunto me da bastante asco. No por la decisión de la mujer, que al fin y al cabo ofrece una mercancía -al final todo se reduce a una simple cuestión de marketing- sino por la gente que está ávida de nuevas sensaciones y es capaz de olvidar todo escrúpulo a la hora de entretenerse.
The show must go on, pero si esto sienta un precedente ya me veo yo todas las UCIS del mundo llenas de familiares con cámaras de vídeo. Al final podremos poner al lado de los vídeos "Primera Comunión de los niños", "Boda de los primos" los de "Muerte de la abuela" y "Quimioterapia de papá".
Y por supuesto, cobrarle entrada a los amigos que vengan a casa a verlos.

lunes, 16 de febrero de 2009

Una tarde cualquiera.

Hoy salí a comprar. Estaba harto de arquitecturas góticas y cronologías confusas, así que me eché a la calle para airearme. Resulta que hacía una tarde primaveral como hace tiempo que no se veía en Santiago; una de esas tardes que marcan el declive del invierno, simplemente por el hecho de que la Quintana se llena de gente. Yo iba todo tranquilo, no sé muy bien por qué, sonriendo como un imbécil.
Quizás porque iba escuchando a los amigos Serrat y Sabina, pinchándose el uno al otro, y me pusieron contento. Por eso pensaba que a esta vida lo que le falta es una banda sonora. Hay veces que uno va escuchando una canción y le parece que en ese momento es lo único que podría sonar, como si por casualidad Woody Allen te pusiera el ipod en el bolsillo y te siguiera con una cámara.
Por las calles de la zona vieja de Santiago no pega sólo los cds de gaitas y tamboriles. En el Obradoiro empezó a sonar, de repente, Contigo y por razones ajenas y recuerdos de hace años resulta que uno se enternece y aún así sigue sonriendo porque es todo tan bonito que acojona, entre la luz de las siete de la tarde, la música, la temperatura, el sitio, la gente y una memoria oportuna que afortunadamente se niega a borrar ciertas cosas.
Una tarde de primavera anticipada, como otra cualquiera.

viernes, 13 de febrero de 2009

El día mundial de las arcadas.

Lo escribo ahora porque mañana probablemente estaré todo el día con la cabeza metida en el retrete, vomitando.
Hay dos costumbres que se han convertido en tradición poco a poco y sin enterarnos, y que odio con toda el alma. Una es Halloween, de la que ya he hablado y de la que no me queda nada que decir. El otro, cómo no, es el día de los enamorados, es decir, mañana.
En primer lugar no soporto el acoso mediático al que nos someten. En la tele se hace una programación especial con películas ñoñas, en los periódicos salen suplementos con fotos de enamorados, la publicidad de las joyerías es simplemente apabullante, y hasta Telepizza tiene un menú especial para parejitas que se quieren mucho, pero que no quieren salir de casa a cenar porque van a estar follando como conejos todo el santo día.
Amor, le llaman.
En cuanto a los anuncios sólo es comparable la apoteosis del juguete de mediados de mayo y de diciembre, y la de la vuelta al cole de agosto. Un horror, vamos. Lo que pasa es que esta me toca especialmente los huevos -a estas alturas ya habrá alguien que se haya dado cuenta de lo maleducado que me pongo- porque es demasiado mal gusto junto.
Uno siempre se encuentra a algún "makoki" -término que debo a algún amigo que me tiene informado de estos lenguajes- con una rosa que va a decirle a su Jenny lo mucho que la quiere, algo así cómo "Jenny, me molas mazo" mientras pone un cd de Andy y Lucas. Si además un servidor es masoquista y le da por salir a cenar a algún restaurante, se encontrará todo parejitas, ellos con un traje que no se han puesto más que en fin de año, ellas con vestidos de Zara tan baratos como los anillos que ellos han comprado por la mañana.
Panda de horteras indeseables, todos los que se dejan arrastrar por estas hordas de publicistas deseosos de vender rosas, collares, condones y algún predictor para el día 15. Ahí se les atraganten todos los bombones mientras ven por enésima vez Pretty Woman.

domingo, 8 de febrero de 2009

Sicut in caelo et in terra.

Acabo de ver Camino, faltando a todos los juramentos y tentando a todas las suertes tras ver Los girasoles ciegos, momento en que dije que nunca más volvería a pagar una entrada por ver cine español.
Por un lado estaba la polémica y los premios Goya -los cuales nunca fueron sinónimo de calidad- y por el otro el miedo natural que me inspira una película que trata algunos temas controvertidos e instituciones de difícil análisis. Lo que me espantaba, realmente, era el peligro en caer en lo vulgar y las banalidades como hace Cuerda con los benditos girasoles.
Creo que Fesser evita bastante bien todas estas cosas. La historia me impactó bastante, pero se debe más a la actuación de los actores -noticia: ¡hay actores españoles buenos!- que a los hechos. Por otra parte, aunque la historia es un drama hay ciertos momentos de humor negro muy de mi estilo, así que no cayó la lagrimita de turno. Será que me estoy haciendo un durezas.
Comentaba superficialmente el asunto con Antonio al salir del cine: él decía que le daba bastante miedo toda la parafernalia religiosa que vive la madre y las películas visionarias alrededor de la enfermedad de la niña. Frases como "todos los días le doy gracias a Dios por la enfermedad de mi hija" es a lo que me refiero.
Yo, quizás un poco más cínico, pensaba la envidia que me da esa gente. Envidia de esa fe ciega que hace que el resto de las cosas no importe. Que supone un bálsamo contra los problemas del mundo y que otorga un estado de gracia rayando el paroxismo. El total convencimiento de que esto es sólo pasajero y detrás de todos los sufrimientos hay algo más a lo que agarrarse.
Se trata de la total ausencia de dudas, que normalmente nos atormentan al resto de los mortales. Y si no es la total ausencia de dudas, al menos es estar convencido de lo más importante, de una especie de salvoconducto del que puedes echar mano al final del viaje. De esa forma cualquier problema que surja no es más que una eventualidad.
Envidia, decía, porque yo soy incapaz de experimentar eso y porque soy un mar de dudas constantes. Dudas que a la larga estoy encantado de tener, porque la certeza de la vida eterna empieza cuando se termina la vida terrena, y de momento, no tengo demasiada prisa.

sábado, 7 de febrero de 2009

El gilipollas del BMW.

Antonio dice que me pongo agresivo cuando conduzco, pero no es cierto. Me ponen agresivo, que es muy diferente, y hace un ratito nada más que me venía haciendo mala sangre por culpa de un imbécil al que le gustaba arrimarse a mi culo más de lo conveniente.
El tipo era el típico sobrao, con gafitas de intelectual a lo Boffill y el mismo corte de pelo -casi podría jurar que era él- con una eterna sonrisa de gilipollas en los labios y la parienta durmiendo al lado, el asiento del copiloto echado hacia atrás. El coche, un BMW deportivo nuevecito del trinque, negro impoluto, atravesando la carretera como una exhalación de 200 caballos.
Hasta que bajando el Faro, un Opel Kadett se le puso en medio. Vaya por Dios. Tamaña afrenta no podría consentirla el joven y sonriente piloto. Intenta adelantarme unas tres veces, todas ellas sin señalizar, por supuesto, y otras tantas tuvo que meterse los 200 caballos dónde buenamente le cupieron; porque gilipollas sí, pero suicida no tanto, y un BMW por deportivo que sea contra un camión de tres ejes se lleva todas las de perder. Y yo iba a una media de 100-110 km/h, que no iba pisando huevos precisamente.
Pero el gachó, que estaba que lo tiraba, no podía ir con la cabeza alta siguiendo a una pota con más de 15 años de carretera a sus espaldas. Así siguió, con abortos de adelanto, hasta que en un doble carril después de bajar las cruvas de Chantada -ahí me reí como un loco al ver que se quedaba atrás- pudo poner el bicho a unos 140 por hora y pasarme limpiamente.
Él estaba contento, porque podía poner su máquina a tope y seducir a la parienta recitándole poesías de Góngora a la velocidad del rayo; yo más feliz, si cabe, porque me libraba de un imbécil comeculos, que para mí son los peores de la carretera.
Feliz, hasta que apareció un Alfa Romeo conducido por un tipo con la cabeza rapada. Y se empezó a repetir la historia.

jueves, 5 de febrero de 2009

¡Ay, omá!

Yo era un ser racional, orgulloso de su inteligencia y sus capacidades intelectuales como le pasará a mucha gente. Creía en el valor de mi raciocinio y en las cualidades mentales que me adornan.
Las perdí todas en medio minuto. Ni siquiera podría fingir una conversación más o menos inteligente sobre nada en absoluto, porque mi capacidad de reacción era nula. Y la culpable fue Nuria, que para información y regocijo de todos los varones que puedan leer esto, es una peluquera de Llongueras (C\Santiago de Chile) y probablemente la mujer más espectacular que he visto en vivo y en directo.
Lo que no pude ver en vivo y en directo lo puso mi imaginación, que no estaba dormida. Muy al contrario.
Una de las cosas buenas de esta peluquería es el masajito mientras te lavan la cabeza. Evidentemente yo estaba en el séptimo cielo y la temperatura del agua me daba absolutamente igual -incluso cuando se le fue la mano y casi me escalda la cabeza-, y ahora mismo me acaba de dar un escalofrío al acordarme. Mientras escribo esto debo tener una cara de vicioso fuera de lo normal.
La chica tiene un cuerpo impresionante y un pelo liso larguísimo tan oscuro como mis intenciones para con su honor. Es una especie de Pilar Rubio racial, con la piel morena y unos ojos negros que quitan el sentido. Y además es simpática, con lo que a mí me ganó la batalla, la guerra y todo lo que se ponga por delante.
Hay que ver lo tontos que nos ponemos cuando una mujer así está cerca. Cuando además te está cortando el pelo, tocándote la cabecita y uno mira a través del espejo y ve lo que ve, que había mucho que ver, la verdad es que se convierte en un pelele. Por lo menos yo. No diré nada de cuando se le cayó el peine y se agachó para cogerlo. (Escalofrío y rechinar de dientes)
Hala, a cortarse todos el pelo, y ya me contaréis.
P.D: Además tiene una hermana gemela. ¿No es para hacerle un monumento a esos padres?

Ese toritooooooo.

http://www.youtube.com/watch?v=_sM_FiOPXDE

Los de Intereconomía son como el toro de su logotipo: les ponen un trapo rojo delante y entran al trapo sin discriminar.
Lo más divertido del asunto es que, pretendiendo hacer un alarde de gramática, deontología y labor social, viene un tipo como el Wyoming y con dos risas los deja en pelotas y con los argumentos por los suelos.

miércoles, 4 de febrero de 2009

In flagranti...

A estas alturas creo que a nadie se le escapa que me gusta reírme de las cosas. Además, ya dije alguna vez que si se trata de dogmas pues mejor, que a mí eso del "uno y trino" me entra con calzador, igual que lo del inexistente cambio climático de Aznar o la confianza desmedida de ZP, que según él es la que va a sacarnos a los jóvenes de la crisis.
En fin, que a lo que venía esto es a lo de los señores de Intereconomía y el Gran Wyoming. Entiendo que haya alguna gente a la que esto le parecerá fatal, moralmente reprobable e incluso que atenta contra la figura de la mujer y la sociedad trabajadora. El caso es que a los de Más se perdió en Cuba se la metieron doblada, demostrando cómo la ética periodística es algo que se queda en el tintero cuando cuando se trata de sacarle los ojos al contrario.
En este país, del cual ya he dicho algunas cosas, somos expertos en darnos de hostias. Los franceses flipaban en colores cuando el gloriosos ejército del Napo veía como estos españoles durante el día les dábamos de hostias con enconado esfuerzo y después nos dedicábamos a hostiarnos entre nosotros. En la tele pasa un poco lo mismo.
Entiendo, por otra parte, que es muy fácil caer en la tentación de colársela a los de Intereconomía. Primero porque lo ponen a huevo y segundo, porque cuando se les calienta la boca y dicen que las presentadoras que no les son afines parecen unas putas, pues qué quieren que les diga.
La cosa está bien y me parece que los humoristas de La Sexta son señores muy inteligentes, tanto Buenafuente como Wyoming, que se pueden reír de cualquier cosa, diestra o zurda y de cualquier color. El otro día Buenafuente abría el programa con el vídeo de Magdalena Álvarez prediciendo la predicción que no predicen los que tienen que predecirla, para que luego aquí los colegas digan que son una panda de adoradores de Zapatero.
Lo otro que me hizo mucha gracia, la verdad, es ver cómo los de El gato al agua se ponían a llamarle capitalista a Wyoming como si eso fuera el insulto del siglo. Y como si ellos fueran comunistas de puño en alto e Internacional por las mañanas, vamos.
Pero bueno, no quiero entrar al trapo, porque se me calienta la tecla y me dejo llevar, dando cañonazos a diestro y siniestro. Lo que quería decir es que me pareció muy bien la intervención de Beatriz Montañez y los argumentos esgrimidos -"si tanto le ofende ver un vídeo con ese lenguaje en la televisión, ¿por qué lo emite?"-, así cómo la forma de poner en un brete a los sesudos interecónomos.
Y además, por qué no decirlo, yo creo que le tienen un poco de envidia a Wyoming, porque siendo ambos programas de humor a su manera, en El Intermedio el tipo está rodeado de bellezas y los de El gato al agua tienen a Pilar Urbano.
Juzguen, comparen y si encuentran algo mejor, cómprenlo.

domingo, 1 de febrero de 2009

Qué buen siervo si tuviera buen señor.

No sé a qué edad empieza a tomar uno conciencia política. De hecho yo no sé si tengo una ideología política determinada o hago como mi abuela y los pongo a todos verdes, pero lo cierto es que con el panorama que tenemos delante lo del 1 de marzo me da un poco igual. Además, ya no sé si soy Anxo Quintana, Espartaco, o el Vercingetórix lucense por excelencia, si es que hubo alguno.
El otro motivo de desidia ante las elecciones es que me pillan de viaje, y lo de votar por correo me da una pereza tremenda. Si estuviera en el pueblo no me costaba nada acercarme al colegio y echar la papeleta, pero tener que ir a Correos, pedir el sobre y toda la parafernalia... me cansa. Total, para nada.
Pensaba yo en estas cosas y en cómo a veces se me llena la boca de sapos y culebras al hablar de este país -y no me refiero a la naçom galega-, diciendo que es casi una república bananera y que un tipo con una pandereta y un eslogan más o menos ocurrente tiene la mitad del terreno ganado. Pero resulta que también hay cosas buenas que a uno lo reconcilian un poco con la ingrata España.
Últimamente estoy viendo unos documentales sobre los años de la democracia. Al margen de contaminaciones políticas más o menos flagrantes, que no me parecen demasiadas, me doy cuenta de lo mucho que costó que este país tirara para adelante, no sólo por lo cazurro de alguno de sus políticos sino por lo cabezón del pueblo español, que ya es rasgo de raza.
Pero a lo que iba. Lo que me impactó es darme cuenta de cosas que cuando tenía 10 años no me preocupaban en absoluto y durante mucho tiempo ni siquiera me cuestioné. Tengo recuerdos de esa época, evidentemente, y uno bastante vívido es el del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Era un nombre fijado en un momento concreto y poco más; de lo que no me acordaba es de cómo la gente se volcó en esos momentos, y ayer me quedé con la boca abierta y un pequeño nudo en la garganta, he de reconocerlo, viendo las manifestaciones y la repercusión que el asunto tuvo en la prensa internacional.
Ahí es dónde pensé que los españoles, en el fondo, no éramos tan malos ni tan imbéciles aunque a veces sea para darnos de bofetadas. Ahí es cuándo me pregunté qué hubiera pasado si en vez de un Fernando VII y un Godoy hubiéramos tenido otro Felipe II. Si en lugar de escoger a nuestros mandamases por una campaña electoral demagógica fuéramos capaces de ver sus méritos y sus cualidades.
Otro gallo nos hubiera cantado.