jueves, 30 de abril de 2009

La mentira del arte.

Nietzsche terminó su amistad con Wagner porque se dio cuenta de que el tipo de arte que había en sus óperas es mentiroso y no sirve al hombre más que para disfrazar anhelos y pasiones. Claro que entonces Nietzsche había cambiado de pareceres desde aquella dicotomía de lo apolíneo y lo dionisíaco, en la que el arte tenía como función mejorar al ser humano o al menos ofrecer aquello que estaba ausente.
En este segundo momento, el arte para Nietzsche tiene como función servir de instrumento -ya no es un fin- para que el hombre mejore y se convierta en un súperhombre. Concepto que a mí me parece perfectamente despojable de toda la propaganda Nazi que se le ha venido echando encima.
El caso es que como Nietzsche, nosotros nos creímos las mentiras del arte y las historias que nos cuenta. En eso se basa su éxito y su atractivo, y peligros aparte, el placer que produce. Es cierto que tenemos sentido común y nadie en su sano juicio pretende volar después de ver una película de Superman en el cine (alguno ha habido), pero esas películas con un poso más realista, con historias plausibles y atractivas, dejan poco a poco una marca profunda basada en las ficciones que nos cuentan y no en experiencias realizables por nosotros, meros mortales alejados del celuloide. Lo mismo sirve para la música, los libros, la pintura y la escultura.
Nos creemos que hay cosas que pueden pasar, y a veces nos pasamos la vida esperando que nos ocurran, desperdiciando el tiempo las más de las veces, y como el Quijote leyendo los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio.
A ver si como Don Quijote cuando lleguemos al final del camino nos viene la lucidez y despertamos de la ensoñación y la embriaguez -los términos nietzschianos que definen el efecto de las artes- y podemos decir aquello de Plaudite, amici, commedia finita est.

martes, 28 de abril de 2009

Entradas difíciles.

No todos los días apetece escribir una entrada, ni todos los días se ocurren hechos extraordinarios que lo justifiquen. Hoy estoy en uno de esos días, como si fuera un especie de sala de espera entre la cena del sábado y el viaje del viernes; así que durante esta semana no consigo librarme de una sensación de impasse que me parece bastante desagradable.
Por una parte la gente parece haberse recuperado con dificultad de los excesos alcohólicos de la semana pasada, y por otra al estar yo en mi casa, lejos del ambiente santiagués, me encuentro perdido y desorientado, mirando el Facebook más de lo habitual. Llegado a este punto ya me muerdo la uñas esperando algún comentario en alguna foto, alguna gracia o algún mensaje que me saque de una incertidumbre estúpida y rara.
Ni siquiera Sinatra cantando Time after time me consuela, porque la siguiente frase de esa canción es "I tell myself that I'm so lucky to be loving you"... ya me dirán. Bueno, el caso es que mañana me voy a León porque mi abuela está de cumpleaños (92, que se dice pronto) y el jueves me toca una sesión de carretera maratoniana con parada intermedia en Monforte.
A ver si cuando llegue a Santiago quedo con la gente y me pongo al día, me cuentan anécdotas del sábado y nos reímos un rato, porque esta sensación de desconexión no me gusta nada.
La entrada, como se ve, es de esas que provoca el aburrimiento y la falta total de hechos reseñables -al margen de que el paisano que venía sentado delante de mí en el tren olía fatal- así que lo siento por lo anodino del tema, pero es lo que hay.

domingo, 26 de abril de 2009

Nox atra cava circumvolat umbra.

Noche intesa la de ayer. De alegrías y no tantas, inculso de bailes y confidencias bajo las bóvedas de un refectorio franciscano reconvertido en salón de banquetes. Bailes desenfrenados con los Gipsy Kings, cuerpos agitándose convulsos en un espasmo agónico, marcando el ritmo con los tacones, y mujeres bellísimas descalzas con rosas blancas en el escote.
Al filo de las 6 de la mañana estaba yo sentado en un banco, muriéndome de frío, acompañando a una chica -la chica, pardiez- a su casa porque la joven no recordaba demasiado bien dónde vivía. Como dijo nuestra madrina en su discurso, "los efectos derivados de los dones de Baco". Así que ahí bajaba yo, por la Cuesta del coño hasta la Plaza Roja, de la mano de una mujer impresionante que llevaba los zapatos debajo del brazo y cuyas medias habían quedado en medio de la calle delante del Bingo.
Imagen sugerente dónde las haya, supongo.
Me habló de lo divino y de lo humano mientras exhalaba el humo de un cigarrillo y yo hacía lo propio con el vaho que producía un frío cortante y muy compostelano. Después, al cabo de un rato, cuando ya parecía más o menos recuperada de las molestias que le causaban aquellos tacones, continuamos el camino hacia su portal.
Escena de despedida habitual y momentos incómodos más tarde, cuándo no sabes si el obligado beso es realmente obligado, la dejé y me fui a mi casa pensando en el discurso de nuestro padrino y en sus clases sobre Duchamp, concretamente sobre el infraleve y todo lo que puede ser. Me acordé de todas esas definiciones del "infraleve": de la gente que entra en el metro en el último momento cuando ya se cierran las puertas, del silbido que producen unos pantalones de pana cuando las piernas se rozan...
Y añadí otra, que en ese momento me pareció muy oportuna: infraleve también es el espacio que queda entre nuestros dedos cuando caminamos juntos, cogidos de la mano.

sábado, 25 de abril de 2009

Gaudeamus igitur... iuvenes dum sumus.

Es una estupidez supina, pero bueno, en el fondo sí que tengo la sensación de que se acaba algo. Es un acto muy tonto y de reciente creación en nuestra alma mater, pero Hollywwod tiene un poder sorprendente y ahora todo el mundo quiere tener su acto de licenciatura.
A mí la verdad es que estas cosas me dan bastante por saco, excepto cuando se trata de un acto solemne como es la investidura de un Honoris causa o algo así, con recio abolengo. Que ahora nosotros nos demos unos diplomas que hicimos nosotros mismos y cantemos el gaudeamus es algo que en principio me daba igual.
Pero mira tú lo qué son las cosas, colega, que resulta que ahora sí me da un punto sensible al pensar que realmente estamos a dos meses de que se acabe el chollo. Lo de las clases es secundario, pero no me apetece nadita dejar de ver a cierta gente, lo cual fue motivo capital para cambiarme de Magisterio y llegar a Historia del Arte. Evidentemente es un eufemismo, porque "cierta gente" es sólo "una", y aunque al principio tenía miedo de haber tomado una decisión equivocada resulta que no me arrepiento.
Pero bueno, estoy divagando como siempre. Lo que venía a decir en un principio es que eso del iuvenes dum sumus es algo que no se suele tener demasiado en cuenta mientras estamos en pleno gaudeamus. Ahora que se acaba la carrera nos damos cuenta -hablo en plural mayestático- de que podríamos haberlo aprovechado más, pero bueno, estuvi bien mientras duró y este último año fue espectacular. Ya sé que todavía no se ha acabado, pero bueno, me permito un punto nostálgico sin que cree precedentes.
En unas horas habremos acabado con la parafernalia y el protocolo y nos iremos a cenar todos juntos, a disfrutar de una barra libre como la copa de un pino y a intentar hacer que nuestra madrina beba y nos haga reír como a locos, que es algo que se le da estupendamente.
Vivat Academia...
vivant professores.

miércoles, 22 de abril de 2009

Cuestión de clase.

Hace un tiempo -empiezo a estar harto de esta coletilla- conocía a una chica que se definía a sí misma como una perfecta señorita. Lo tenía todo: belleza, una educación cuidada, dinero, y una sorprendente capacidad para amoldarse a situaciones de lo más dispar. También una tendencia a buscarse maromos que no la merecían y que acababan tratándola como a una zapatilla, pero qué sé yo, eso era parte de su encanto.
Teníamos un flirteo más que ligero, salimos un par de veces y cenamos por ahí con mucha clase y mucho glamour. Yo pagaba y ella ponía la sonrisa y los vestiditos espectaculares, que era lo más importante y lo que a mí, en ciertos momentos, me volvía loco.
Un día resulta que el flirteo fue un poco más allá e inmediatamente después dejé de saber de la perfecta señorita, arrepentida, supongo, de un acto tan vergonzante como es un beso a altas horas de la mañana. Y cuento esto porque la educación exquisita que se suponía que tenía brilló por su ausencia aún cuando nos vimos por la calle y torció el gesto para no tener que decir siquiera un "adiós", ya que no iba a ser un "hasta luego".
Me sentí bastante defraudado, porque había llegado a creerme la fachada de buen gusto y de saber estar de la que ella tanto presumía. Una imagen que se desmoronó como una pirámide de naipes cuando, interpretando las señales que me mandaba de una forma bastante evidente, intenté acercarme un poco más.
Yo sigo felicitándola en los cumpleaños y en fechas señaladas, como Año Nuevo y Navidad. Unos mensajes que probablemente rebotan de la bndeja de entrada a la papelera de reciclaje sin pasar por la retina de la destinataria, pero que si no los mandara me sentiría tan poco educado y falto de caballerosidad que me acabaría dando asco a mí mismo.
Soy así. Un imbécil.

lunes, 20 de abril de 2009

Viaje con nosotros.... si quiere gozar.

De vuelta de Lisboa y aledaños, destrozado por las horas de autobús, las caminatas bajo la lluvia y los monumentos manuelinos, llegué a casa a la 1,30 de la mañana y dormí el sueño de los justos como un bebé.
Pese al agotamiento físico y mental el viaje fue perfecto, probablemente más por la compañía que por la finalidad en sí. Es curioso esto de las amistades tardías y lo poco que llegamos a conocernos, pero 4 días viviendo juntos, pateando juntos, soportando la lluvia juntos, es algo que más o menos une. Nos damos cuenta de que en el fondo somos gregarios y nos gusta la compañía.
En fin, un viaje digno de recordar por las visitas, los stippers borrachos improvisados, las salidas nocturnas y los comentarios de algunos. Las canciones autobuseras y las caras de la gente que se queda dormida -grotescas algunas y absolutamente adorables otras-.
La semana que viene, a Burgos.

sábado, 11 de abril de 2009

La chica del tranvía.

Hace un calor inusual, que uno nunca relacionaría con Viena en Semana Santa. Un tiempo estupendo que nada tiene que ver con la lluvia y la nieve que podría esperar en un principio –inocente de mí, lo que son los estereotipos…-, así que estoy metido en una Viena paralela de terrazas, cafés y paseos interminables.
Hace un rato estábamos en el café Mozart, haciendo balance general del viaje. Después cogimos un tranvía para subir al hotel desde la Staatsoper, y allí, enfrente de mí, estaba una chica. Hemos visto auténticas bellezas, mujeres espectaculares en conjunto, y partes por separado que harían babear a un Hannibal Lecter en pervertido sexual. Esta era otra cosa.
Me gustaba sin saber muy bien por qué. Sin razones evidentes, como pueden ser un escotazo o un pantalón corto ajustado. Tenía algo. Un pelo precioso que le caía sobre la cara, y a veces se lo apartaba con la mano y le hacía una especie de velo sobre la frente. Una boca perfecta, y una mirada intranquila –como la de tantas otras mujeres que en mi vida han sido-, y una forma de coger el bolso con desconfianza.
Es estúpido y pueril. Me pregunto a dónde iría, si habrá alguien esperándola.
Si lo hay tiene suerte. Si no lo hay, debería.

miércoles, 1 de abril de 2009

El descojone padre.

Se celebra este año el segundo centenario del nacimiento de Larra, y como es habitual en este país no lo tenemos hasta en la sopa, que sería lo normal en Francia, Inglaterra o Alemania. Los países al norte de los Pirineos, que según el gabacho Dumas es dónde empieza África.
Aquí no lo tenemos demasiado presente porque Larra se dio cuenta de cómo somos los españoles y de lo hijos de perra que podemos llegar a ser. Y de que en realidad a este país de pandereta, toros y folclóricas no lo arregla ni la madre que lo parió, por eso a la larga a uno no le queda otra que hacerse "afrancesado" y admirar a los franchutes, o unirse a la vorágine y vivir en la felicidad del ignorante, el inculto, el misántropo y el cagamandurrias que son los que siempre han llevado la voz cantante.
Basta con echar una ojeada a los periódicos nacionales para que se le revuelvan a uno las tripas ante tanta calamidad y tanto hijo de la gran puta encorbatado. Y sí, estoy bastante maleducado, pero he de sacar la artillería porque hay cosas que hacen que me hierva la sangre. Lo decía Pío Baroja, ciento y pico años después, en El árbol de la ciencia, en boca de aquel amigo tullido de Andrés Hurtado: miras los periódicos y sólo hay folclóricas y toreros. Hoy habría que cambiar a las folclóricas por ex-concursantes de Gran Hermano y a los toreros por futbolistas, y ya tenemos el cuadro pintado.
Además el amigo Larra, muy lúcido él, cuando escribió aquello de Vuelva usted mañana sabía de sobra el terreno que pisaba. El otro día iba con Iago a pedir unos papeles al conservatorio, y en horario de atención al público se encontró con la ventanilla cerrada y allí esperamos a que el secretario tuviera a bien venir a abrir el chiringuito. Eso en Londres, me decía él, es impensable.
Aquí preferimos vivir con la alegría en el cuerpo y la despreocupación constante, pensando que uno ya hace bastante con ir a la oficina cómo para encima pedirle que trabaje en ella. Nos importa todo un cojón de pato y pensamos que el que venga detrás ya arreará si le conviene, y así nos luce el pelo.
Por eso a uno sólo le quedan tres opciones: o te exilias, o te haces un hijo de perra que viva de rencores odiando a todo el mundo, o te apuntas a la juerga nacional y buscas un debate insulso que no llegue a ninguna parte para poder vivir eternamente amorrado a la teta del estado.
Si Larra levantara la cabeza la carcajada se oiría hasta en el París de la France. Y después, tal y como van hoy las cosas, cogería una recortada y unas cuantas postas y se pondría a repartir estopa, que es lo que la panda de mangantes y petulantes que nos gobierna realmente se merece.