lunes, 25 de mayo de 2009

"Y me preguntan ¿qué te pasaaaaaa?"

Y yo no sé qué contestar. Mentira.
Llevo unos días especialmente alterable y con los ánimos bastante por los suelos. El tiempo tampoco acompaña, y verme solo en Monforte, pues qué queréis que os diga... no es el plan más divertido del mundo, por mucho que un test del Facebook me diga que soy monfortino 100%.
El jueves -creo que fue el jueves- fui con Carlitos a Cacheiras a probar por primera vez la archifamosa tortilla de Armando Blanco, pero lo cierto es que no estaba yo para tortillas ni revueltos. Ya me habían tocado los huevos bastante como para tener que pedírselos a un camarero maleducado con carita de porco celta.
El viernes fui con Pabla y Jorge a que le sacaran los puntos en el centro de salud. Tuve mi momento cabreante del día cuando una señora que tenía que estar detrás de un mostrador, pero que no estaba cuando llegamos, le dijo a Jorge un poco alterada que cómo iba a esa hora, que a esa hora ya se iban las enfermeras. Me mordí la lengua a tiempo de decirle a la vaca burra aquella que si al buenazo de Jorge nadie le dice que a la 1 las enfermeras se van él no tenía por qué saberlo. Pero bueno, no llegó la sangre al río y se quedó en el algodón con el que una simpática y amable enfermera le limpiaba la herida.
Comida con Iago y Nerea en La internacional, sin disfrutarla apenas; susto mayúsculo después cuando en un cajero consulto mi saldo y veo que tengo 0,00 euros en la libreta. Llamadas a mis padres, ingresos atropellados, consultas en internet, soluciono la papeleta. Ceno con Carlos y Julita en una terraza agradable y disfruto de la compañía -falta me hacía- y al día siguiente me vuelvo para Monforte.
Estamos a lunes y no hice nada en todo el fin de semana. Pude leer un par de páginas de un libro que me dijo Rocío para el TAD, envié a Senra parte de lo suyo y ahora me dispongo a volver a Santiago para seguir aburriéndome en otro sitio.
El viernes recena del acto de licenciatura, donde probablemente haya mucho alcohol y compañías que debo evitar para el bien de mi salud mental y mi frágil equilibrio emocional. Menos mal que el estigmatizado Jorge está presto a socorrerme en tales lances y al día siguiente siempre puedo recurrir a Carlos o a Iago para contarles mis cuitas.
Ya se verá.

viernes, 22 de mayo de 2009

Alivio de luto.

Después de una noche intensa y bastante horrorosa, y sobre todo después de un día siguiente especialmente depresivo, me dediqué a dos cosas que indefectiblemente me levantan el ánimo: una es la música de Mozart y la otra un episodio de Mr. Bean.
No es una combinación muy ortodoxa, pero qué coño, funciona.
Soy así de simple para ciertas cosas.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Estos jóvenes de hoy...

Creo recordar que fue el viernes cuando Carlitos, Jorge y un servidor se fueron por ahí a tomar unas cañas y a arreglar el mundo. No sé muy bien cómo ni qué llevó al asunto, pero acabamos hablando de las borracheras de los niñatos de hoy, de la falta de formación y de interés, y de todas esas cosas que dicen los abueletes de las nuevas generaciones. Lo que pasa es que aquí el abuelete más joven tiene 23 añitos, que es el señor Meilán.
Carlos hablaba de sus alumnos, que son como para echarse a temblar, y contaba cómo ellos sabían qué sitios había que frecuentar para tomar chupitos porque eran los que subían más rápidamente. En esas yo me acordaba de algo que decía Umbral en una columna, hace tiempo, que antes lo que importaba era beber y ahora de lo que se trata es de haber bebido.
Hay un cambio de actitud fundamental, como una pescadilla que se muerde la cola, entre lo que hacemos nosotros cuando vamos de vinos y lo que hacen estos críos que a veces no llegan a los 15 años. Cuando nosotros salimos el placer está en la compañía y la conversación, en la relación personal y no en la ingesta masiva de alcohol. Para Carlos, este consumo salvaje implica un deseo de negación de la realidad o al menos una forma de evasión.
A mí se me escapa dónde está lo divertido en tener 15 años e ir borracho como una cuba, sin enterarte de nada y hecho una mierda al día siguiente. Dudo mucho que todos esos críos que veo por Monforte los sábados por la noche tengan que beber para olvidar las tremendas injusticias de las que son objetivo e sus casas o en el colegio. Y en cualquier caso, aunque todos sean unos desgraciados que sólo encuentran en el alcohol el bálsamo necesario para curar sus heridas, me parece muy triste que con 15, 14 años, sus padres sean colegas y apoyen de forma tácita esa actitud.
Quizás el problema es que los padres no saben qué hacer con ellos ni ellos tienen ganas de hacer nada. Me revienta tanto cansancio vital con 15 años. Y me dan ganas de salir látigo en mano vaciando pubs cual Cristo redivivo echando a los mercaderes del templo.
Juventud... divino tesoro.

domingo, 17 de mayo de 2009

Menuda perraca.

El otro día hablaba con el señor von Meilán sobre ciertos asuntos de faldas. A nadie le sorprenderá a estas alturas que dos hombres hechos y derechos se junten detrás de una botella de vino y se cuenten sus cuitas, que normalmente llevan nombre y apellido de de mujer.
Así estábamos cuando yo le dije que entré en un blog que tenía el sugerente nombre de "Hablando mal de los hombres", y ahí había una entrada que era algo así como "Cómo tratar mal a un hombre y mantenerlo enamorado". Menuda hija de puta, pensé yo. Me acordaba ahora porque encontré por casa un cd suelto con el segundo acto de L'elisir d'amore, y aunque ya es la segunda entrada con un motivo similar lo cierto es que me hierve un poco la sangre.
Tengo que explicar un poco la trama, pero seré bastante breve. Nemorino es un pailán enamorado de Adina, que es la cachondilla del pueblo. Ella pasa de él aunque en el fondo le gusta, pero como es así la chica antes tiene que ponerlo a prueba. Le dice que sí a la proposición de matrimonio de Belcore, que es un sargento que llega con sus soldados al pueblo. Nemorino le pide al doctor Dulcamara -un charlatán que va vendiendo un elixir- un filtro amoroso para usarlo con Adina, y cuando Dulcamara le vende vino coge una borrachera del copón.
El caso es que el segundo acto empieza con el banquete que Adina y Belcore ofrecen a los vecinos para celebrar la boda y Nemorino no aparece. Y aquí llega el punto culminante que me llevó a empezar esta entrada: Adina, la muy puta -ya me calenté- dice literalmente "Si estuviese aquí Nemorino cuánto disfrutaría", pero no por verlo y poder demostrarle su amor, sino para que se joda y vea qué feliz estoy con mi prometido el sargento.
Nemorino, que es un gilipollas, sigue intentándolo y al final la cosa sale bien. En fin, que ya dije lo que opinaba yo de esos finales felices, pero de lo que se trataba hoy era de decir que Adina es una zorra como la copa de un pino. He dicho.

sábado, 16 de mayo de 2009

Lo que no nos contaron de pequeños.

Un viaje en tren puede ser aburrido, pero no cuando dos tipos como Carlos y yo nos ponemos a elucubrar y a decir burradas. El hecho de que estuviéramos rodeados de austriacos y que no nos entendieran -eso queríamos pensar- hizo que fuéramos todavía más salvajes y un poquito más ruidosos. Ya saben, españoles y todo eso.
Todo surgió por lo aburrido del paisaje: esperábamos ver grandes montañas, mucha nieve, algún San Bernardo con el barrilete al cuello... esas cosas que se nos venden a los turistas. El caso es que pasamos por un terreno llano, cruzamos alguna ciudad fea y hasta Viena no vimos nada reseñable. Las montañas que tanto le gustaban a Carlos y en las que vivía Heidi quedaban lejos.
Entonces nos pusimos a hablar de Heidi. El desastre estaba anunciado: Heidi que vivía sola con su abuelo, que sólo comía queso y leche y que únicamente conocía a Pedro hasta que llegó la amiga de la silla.
Entonces Heidi fue creciendo, y Pedro la dejó tirada cuando Clara pudo caminar y le salieron las tetas, porque Clara era un poco guarrilla y se dejaba sobar mientras Heidi, que era muy paleta, cuidaba las cabras en medio del monte. Cuando se murió el abuelo Heidi heredó la caseta de madera, las cabras y el perro, que ya tenía una edad y no tardó en seguir al abuelo bajo tierra.
Entonces Heidi vendió lo que le quedaba, se comió una cabra por aquello de probar la carne y compró un billete a Nueva York. Llegó a la ciudad que nunca duerme y se puso a trabajar limpiando la terminal 8 del aeropuerto JFK, conoció a un mazas negro y se fue a vivir con él a Brooklyn. Después de un tiempo Heidi vio que aquello no era lo que le gustaba, porque el negro le zumbaba cosa fina y era adicto al caballo; Heidi probó aquello un par de veces pero no era lo suyo.
Al final abandonó al colega y se fue con un italiano con el que montó una pizzería en el Upper West Side, y ahora vive con un hijo que tuvo con el mazas y una niña italo-austro-suíza haciendo pizzas de pepperoni y cagándose en la puta de Clara, que se quedó con el hombre de su vida sólo por una cuestión de tetas.
Algún día contaré la historia de Marco, que también tiene lo suyo...

viernes, 15 de mayo de 2009

In honorem Sancti Apapucii

Es tradicional que después de una cena de clase yo me levante hecho un asco, quiera morirme, abjure del licor y prometa por enésima vez alejarme de los dones de Baco (citando a Rocío). Hoy, curiosamente, es una excepción.
Ayer fuimos a cenar para celebrar el primer Concilio Apapuciano y nos holgamos comiendo y bebiendo. La compañía era buena -excelente- la comida no y el vino tampoco, pero qué demonios, tampoco se trataba de ir a comer un menú degustacion de El Bulli.
Noche accidentada, con un herido y visita al hospital. Probablemente el herido con mejor compañía del mundo, ya que se vio asistido por un amigo leal y dos mujeres atractivas que no escatimaron mimos y cariños, siempre con la prudencia y el saber estar necesario, para que nadie se lleve a engaño.
Resistió como un machote las curas y los puntos que restañaron sus heridas, casi tanto como un servidor resistió los comentarios y las sonrisitas que en la cena tuvo que sufrir a causa de cierto camarero y unos comentarios maliciosos de una compañera italiana... pero como no soy rencoroso, perdono y olvido.
Por lo que he visto la gente está animada y ya quiere celebrar un Segundo Concilio para sentar las bases y estatutos de la orden, así que en mi calidad de Gran Maestre (elegido por aclamación popular, qué le voy a hacer) sólo me queda esperar y recordar el dicho de Apapucio que encierra toda la sabiduría del santo varón:
"Amaos los unos a los otros, y si podéis, especialmente los unos a las otras."
Que Apapucio esté con vosotros y os ilumine.
Benditos seais.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Unos tipos simpáticos.

Estamos acostumbrados a ver los grandes nombres (músicos, escritores, pintores...) simplemente como eso, grandes nombres detrás de los que raras veces imaginamos a un ser humano. Lo mismo ocurre con los historiadores del arte, como Gombrich o Panofsky, de los que nos han hablado por activa y por pasiva a lo largo de 5 años de carrera; a veces alabando su obra y otras criticándolos, y en alguna ocasión esos nombres han sido profanados por alguna boca sucia e indigna que no es merecedora siquiera de pronunciarlos.
Leyendo un poco sobre estos dos sujetos a uno le entra una especie de pena por no haberlos conocido. Tampoco es algo que estuviera al alcance de cualquiera, para qué engañarnos, pero cuando hay alguna entrevista con gente que sí los conoció resulta que siempre se cita su inteligencia y su tremendo sentido del humor. Porque al parecer, los amigos Panofsky y Gombrich eran un par de cachondos con los que tenía que dar gusto irse de cena y de copas.
A uno le cuesta imaginarse a Panofsky, tan sesudo y complejo en sus obras, soltando un chiste o bromeando. Con Gombrich creo que cuesta menos porque debajo de esa cara de bulldog siempre apunta una sonrisa divertida, y sus artículos son más accesibles que los de Panofsky.
Me hubiera gustado poder asistir a una clase de estos dos y ver en directo lo que he leído. Como ocurre con alguna profesora de la facultad que en clase es tremendamente divertida, en sus textos se pierde gran parte de esa improvisación y esos comentarios al margen que desatan carcajadas en el alumnado.
En fin, como muestra del sentido del humor de los colegas dejo una frase sobre la que Panofsky especulaba como posible epitafio -ahí es nada-:
"Odiaba a los bebés, a los pájaros y la jardinería. Amaba a algunas personas adultas, a todos los perros y las palabras"

domingo, 10 de mayo de 2009

Ma morir seguendo te.

Las palabras las dice Nemorino en L'elisir d'amore, cuando le suelta a Adina que la quiere y que el primer amor nunca puede salir del corazón. En prosa y mal traducido la verdad es que pierde efectividad, pero cantado por Pavarotti es otra cosa.
La historia evidentemente tiene final feliz: Adina se da cuenta de lo buenísimo que es Nemorino y deja al soldado con el que se iba a casar sólo para darle celos -una perra como la copa de un pino-, así que se queda con el buenazo pero simple campesino que acaba de heredar una fortuna de su tío, aunque él no lo sabe.
La moraleja es la de siempre: el bien triunfa sobre el mal, los buenos consiguen a la chica, el amor todo lo puede.
Yo, que habitualmente soy un descreído, cínico y sarcástico, venía escuchando esto en el coche, a todo volumen y cantando por encima las partes del doctor Dulcamara, que es quien le da a Nemorino el supuesto filtro -vino vulgar y corriente- que hace que Adina se enamore de él. Decía que venía escuchando la ópera y pensaba en un final alternativo bastante más acorde con mi ánimo.
Mantendría la ópera tal y como está hasta el momento en que ella invita a los vecinos a un banquete pare celebrar su boda. Como Nemorino no aparece ella decide casarse, pero cuando llega el joven enamorado se encuentra el pastel y se lía la manta a la cabeza. La espera de noche y a continuación la viola y la mata -ya parece un drama shakespeariano-, Belcore el marido lo encuentra y lo reta a un duelo en el que mueren los dos, y Dulcamara, viendo el desastre que ha ocasionado con la venta del elixir, decide suicidarse colgándose de un árbol.
Menos alegre, me dirán algunos. Poco realista, quizás, pero ¿quién coño puede creerse la historia original?