sábado, 22 de agosto de 2009

[...] esa alegría engañosa que nos da algún amigo, algún pariente, de la mujer que amamos, cuando, al llegar a la casa o al teatro en el que se encuentra, con ocasión de un baile, fiesta o estreno en el que va a verla, ese amigo nos ve errando fuera, esperando desesperados alguna ocasión para comunicar con ella. Nos reconoce, nos aborda familiarmente, nos pregunta qué hacemos allí y, cuando inventamos la historia de que tenemos algo urgente que decir a su parienta o amiga, nos asegura que nada es más fácil, nos hace entrar en el vestíbulo y nos promete que nos la enviará en menos de cinco minutos. ¡Cómo queremos -como en aquel momento quería yo a Françoise- al intermediario bienintencionado que con unas palabras acaba de hacernos soportable, humana y casi propicia la inconcebible, infernal, fiesta en la que torbellinos enemigos, perversos y deliciosos, alejaban -creíamos- y hacían reír de nosotros a nuestra amada! Si los juzgamos por él -el pariente que se nos ha acercado y que es también uno de los iniciados de los crueles misterios-, nada demoníaco debe de haber en los otros invitados de la fiesta. Mira por dónde, penetramos, por una brecha inesperada, en esas horas inaccesibles y torturantes en que ella iba a saborear placeres desconocidos; uno de esos momentos de cuya sucesión estarían compuestas, un momento tan real como los demás, tal vez más importante incluso para nosotros, porque nuestra amada participa más en él, nos lo representamos, mira por dónde, lo poseemos, intervenimos en él, casi lo hemos creado: aquel en que van a decirle que estamos ahí, abajo. Y seguramente los otros momentos de la fiesta no debían de ser de una esencia muy diferente de aquél, nada debía de haber en ellos más delicioso y que hubiese de hacernos sufrir tanto, puesto que el amigo benévolo nos ha dicho: "¡Cómo no! ¡Le encantará bajar! Va a preferir con mucho hablar contigo que aburrirse ahí arriba". ¡Ay! Swann lo sabía por experiencia: las buenas intenciones de un tercero carecen de poder ante una mujer que se irrita al sentirse perseguida hasta una fiesta por alguien a quien no quiere. Muchas veces, el amigo vuelve a bajar solo.
M. Proust
A la búsqueda del tiempo perdido. I, Por la parte de Swann.

domingo, 16 de agosto de 2009

El tercero de Rachmaninov.

Supongo que esto era una cosa evidente y cantada desde hace tiempo, porque aunque uno intente mantener la fachada y hacerse el duro, llega un momento en el que tiene que soltar algunas cosas que lleva dentro y que son como un veneno que poco a poco le va secando la vida.
Me juré por lo más sagrado que no volvería a caer en la misma piedra, por mucho que la piedra fuera preciosa y me cautivara más que cualquier otra cosa en este mundo, y mantuve el tipo -mal que bien- durante un período considerable que me pareció una eternidad; pero ahora tenía la necesidad de hablar y de poner las cosas en claro, sin tapujos y sin remordimientos que el día de mañana puedan venir a atormentarme.
Encontré una isla en un mar de desperdicios, y estuve un buen rato leyendo todo lo que allí estaba, de principio a fin, preguntándome si la artífice de todo aquello era consciente de lo extraño que resulta saberse especial y no caer en la sucia mediocridad que hoy todo lo contamina. Utilicé sus textos como catalizador para ciertas sensaciones y vivencias mías, y dejándome llevar por la música llegué al punto de no retorno, como los aviones, que este caso venía disfrazado de fantasma voluptuoso y sugerente. Me supe engañado y dispuesto a pasarlo por alto, dispuesto a dejarme mecer en unas palabras que hasta a mí me suenan falsas y en una sonrisa que es a la vez tierna y áspera.
En ese momento pensé en hacer una locura y escribirle directamente porque supuse que sacándome este veneno podría librarme para siempre de ese espectro que queda de lo que pudo ser y no fue. Entonces me di cuenta de que eso sería poner la pelota en su tejado y me encontraría otra vez esperando a que hiciera algún movimiento que me permitiera darle jaque mate, y eso acabaría con la partida, y por tanto con la diversión del proceso.
Una partida que desde el comienzo sabía que iba a quedar en tablas.

Fuera de lugar.

Después de la locura máxima del viernes y de los bizcochos quemados mojados en absenta, lo de ayer fue como un paseo de abuelitos después de ver la telenovela. Ayer, día grande de las fiestas de mi pueblo, con actuación de Bimba Bosé y toda la pesca, resulta que hicimos el tradicional "botellón" (para mis amigos los pijiguays, big bottle) de todos los años. Este año éramos los más mayores del margen izquierdo del Cabe, y yo no podía dejar de sentirme bastante extraño y desubicado.
Por allí andaba mi prima pequeña, igualmente botelloneada, que ya lleva un año de Universidad a sus espaldas, acompañada de dus amigas y de algún maromo. Había también un montón de crías de 15 años, de estas que se visten como para una boda, y hasta andaba por aquellos lares la hija de la que llevaba la cafetería del colegio y que era una niña -lo sigue siendo, coño- cuando nosotros dejamos aquellas venerables aulas.
Me decía el Parga que ya hace mucho de aquello; 8 años ni más ni menos, así que supongo que lo del relevo generacional nos empieza a tocar irremisiblemente las pelotas, y es sólo el principio. Ayer éramos los puretas, y a mí lo que realmente me apetecía era irme a casa y dormir los excesos absénticos del día anterior, aunque ver la fauna y el pelaje de los que por allí andaban tampoco estaba mal.
Estábamos rodeados de niñas de 15 años que se visten como putas de 40, mientras que las putas de 40 que se visten como niñas de 15 ocupaban las terrazas del brazo de señores con la camisa desabrochada y acento de capital. Alrededor, un montón de críos súperhormonados que parecen un Ken con demasiado bronceador encima, tocados con unos graciosos sombreritos tipo borsalino, que venden en los puestos al lado de patatas fritas, bolsos de cuero que huele mal y boletos para la tómbola Los Ángeles, que es un fijo todos los años.
Críos borrachos que tiran vasos de plástico al río y que gritan mucho para demostrar cuál es el más machote, cosa que normalmente va en proporción a la cantidad de pelo que le cuelga en una graciosa y elegante coletilla.
Todos los especímenes se fueron marchando poco a poco, y al final quedamos los 4 de siempre, un poco cansados, muy aburridos, y nada borrachos.
Una imagen patética.

lunes, 3 de agosto de 2009

Un año más.

Vivir en Santiago en Julio tiene dos ventajas fundamentales: el Via Stellae y estar lejos de los guiris que invaden Monforte para pasar sus vacaciones. Yo, que soy de Monforte, no veo qué clase de gente puede decidir pasar uno de los meses más insoportables que hay en este pueblo dejado de la mano de Dios, si no es por ver a la familia y llenarse de "espíritu campechano" imitando al Juancar.
Todos los años acabo escribiendo algo sobre los turistas autóctonos, porque aunque vuelvan "a la terriña" me repatea escuchar un gallego con acento de Barcelona o de Madrid. Sobre todo porque cuando vivían aquí no utilizaron el gallego en su puñetera vida, y ahora, dejándose llevar por la morriña o vete tú a saber qué idioteces se creen Curros Enríquez redivivo, y es algo que no soporto.
Este pintoresco poblacho se llena de hijos espúreos que vuelven a casa a sacar a sus padres de paseo, y a mirar por encima del hombro al hermano tonto que se quedó a cuidar de las vacas mientras ellos -los listos- se fueron a hacer las Américas por Barcelona o Madrid, para volver triunfantes cual Alejandro Magno después de sus campañas contra los persas, sólo que en lugar de cortejos triunfales éstos se conforman con pasear el cochazo delante de las casas de Pepe o de Manolo, porque aunque ellos también son Pepes o Manolos cuando "vienen a Galicia" (Galicia se vuelve un abstracto que encarna los valores familiares y los buenos recuerdos de la infancia) dejan a un lado el Señor Pérez o Señor Rodríguez, que es como les llaman sus empleados.
El retornado, cuando está con sus amigos, habla con una autoridad que ya quisiera para sí un profeta del Antiguo Testamento. Se refiere a personajes famosos por su nombre de pila, mientras le quita importancia al asunto moviendo la mano para que se vea su Rolex, y si la cosa se tercia apoya la mano en el bolsillo del que sale el llavero del Mercedes/Audi/BMW o similar. Pero el retornado es afable y buena gente, y nunca se olvida de sus amigos y como tal dispensa muestras de afecto totalmente sinceras cuando se encuentra con algún conocido en un bar. Igualmente sinceras son las palabras con las que lo despide, y la apostilla cuando ya se ha largado. "¿Y qué, sigue con la tienducha de los padres?", "Hace tiempo que no lo veía y cada vez está más cascado", o el clásico "Este siempre fue un gilipollas".
El sujeto gusta de lo popular, incluso cuando en su puñetera vida disfrutó de una gaita o de una pandereta, pero al volver siente que en su fuero interno se desatan unas fuerzas primitivas inexplicables que le llevan a bailar al son de cualquier cosa que le pueda resultar "tradicional" y donde la muñeira es la reina. Ensalza el producto gallego y alaba las virtudes de la buena carne y los productos de la huerta, porque en Madrid esas cosas no se encuentran y "de verdad que las echa de menos en la capital". Sus hijos, por el contrario, miran con asquete la comida que les pone la abuela y preguntan dónde coño está el MacDonald's sin saber, pobres ternascos, que aquí no hay de eso. Ese instante lo aprovecha el padre para que los hijos vean cuán popular es, y en vez de un plato se come dos, porque sí, porque es un machote y porque le gusta más que a nadie la cocina "típica y con carácter". Y porque la mujer, que es muy buena y muy cariñosa, no sabe si para preparar el caldo los grelos se sacan del bote o se echan con lata y todo en la olla.
Lo único bueno es que con suerte a esos niños repelentes que vienen al pueblo a ver a sus primos "de Galicia" no les quedarán putas ganas de volver cuando los pobres abuelitos hayan muerto (el retornado aprovechará el óbito para volver a ver a los amigos de la aldea y a hablar gallego más que nunca); así que la familia "retornada" tiene una esperanza media de vida de dos o tres generaciones. Las justas para volverse madrileños de pro y olvidarse de una vez de estas tierras pobres y subdesarrolladas.
Beatus ille.