sábado, 26 de septiembre de 2009

Arte.

Aquí había una entrada sobre política y el circo mediático que nos rodea, pero es un tema de una bajeza tan exagerada que he decidido eliminarla. En su lugar plagio -aunque cuando es por admiración está admitido- al grandísimo Oscar Wilde:
El atista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es el propósito del arte.
El crítico es el que puede traducir a otro estilo o a un nuevo material su impresión de las cosas bellas.
La forma más elevada de crítica, así como la más baja, es un modo de autobiografía.
Quienes encuentran significados feos en las cosas bellas son corruptos sin ser encantadores. Esto es un defecto.
Quienes encuentran significados bellos en las cosas bellas son los cultivados. Para éstos hay esperanza.
Estos son los elegidos para los cuales las cosas bellas sólo significan Belleza.
No hay libros morales o inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo.
La aversión del siglo XIX por el realismo es la rabia de Calibán al ver su rostro en el espejo.
La aversión del siglo XIX por el romanticismo es la rabia de Calibán al no ver su rostro reflejado en el espejo.
La vida moral de un hombre forma parte del tema del artista, pero la moral del arte consiste en el uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Hasta las cosas que son verdaderas pueden ser probadas.
Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista es un imperdonable manierismo de estilo.
Ningún artista es nunca morboso. El artista puede expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son para el artista instrumentos de un arte.
El vicio y la virtud son para el artista materiales para un arte.
Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el oficio del actor es el modelo.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo.
Quienes van más allá de la superficie lo hacen a su propio riesgo.
Quienes interpretan el símbolo lo hacen a su propio riesgo.
Es al espectador y no la vida lo que realmente refleja el arte.
La diversidad de opiniones acerca de una obra de arte muestra que la obra es nueva, compleja y vital.
Cuando los críticos están en desacuerdo, el artista está de acuerdo consigo mismo.
Podemos perdonar a un hombre por hacer una cosa útil siempre que no la admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es que uno la admire profundamente.
Todo arte es completamente inútil.
Oscar Wilde, Prefacio de El retrato de Dorian Gray.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

C.A.C.A. II: en el museo.

Como persona que pretende pasar por culta, usted acabará tarde o temprano dando con sus huesos en un museo. No importa que no sepa absolutamente nada de arte, ni siquiera es necesario tener los más mínimos conocimientos históricos. Incluso confundiendo el David de Miguel Ángel con una lata de sopa de tomate de Warhol, puede pasar por un perfecto caballero siguiendo una serie de consejos que incluso usted podrá entender.
Depende de qué tipo de museo vaya a frecuentar usted, querido e ignorante lector, ya que de uno u otro depende la línea argumental de sus intervenciones: resulta a todas luces evidente que no es lo mismo participar de una conversación de entendidos en pintura holandesa del XVII que de una de "modernos" admiradores de Jackson Pollock.
En cualquier caso, si se trata de pintura (usted siempre sostendrá que es la más noble de todas las artes) hay unas cuantas frases que puede decir sin temor a equivocarse:
- La sutileza del trazo contrasta con la contundente sensación del acabado.
- El nerviosismo de la pincelada es un reflejo del agitado mundo interior del pintor.
- No sugiere nada que Picasso no hubiera dicho hace 60 años (cuidado, esta es peligrosa en según qué ambientes)
- Sí, Rembrandt tenía talento, pero nada que ver con la elegancia de un Claude Lorrain o un Poussin.
- El lenguaje academicista está hoy día tan superado...
- Superficial y pedante.
Y por supuesto, una expresión que deben atesorar como una perla y soltarla sin ninguna cortapisa:
Si nos encontramos en un museo de corte clásico, como el Kunsthistorisches de Viena o la Galleria degli Uffizi en Florencia (usted siempre se referirá al nombre de estos museos en su lengua vernácula, nunca utilice traducciones, que son de lo más vulgar) acudiremos a los grandes maestros del pasado:
- Tiene la fuerza de un Miguel Ángel y la elegancia de un Rafael.
- El efecto de la luz es exquisito, como siempre en las obras de Caravaggio (recomiendo leer la tarjetita que hay al lado del cuadro antes de utilizar esta)
- Un modelado fascinante, propio de un Leonardo.
Si el museo es de arte contemporáneo, como el MoMA, deberíamos citar a los más modernos y despreciar a los antiguos:
- Picasso está sobrevaloradísimo.
- Eso ya lo hizo Rauschemberg y hoy ya no le sorprende a nadie.
- Aquí tienen algunas obras, pero en la Colección Saatchi tienen lo mejor de su producción.
- Warhol me aburre, prefiero los graffiti de la primera producción de Basquiat.
La próxima publicación incuirá el ejemplo práctico de esta segunda parte.
Y recuerde: la perfección no existe, pero puede simularse.

domingo, 13 de septiembre de 2009

C.A.C.A. I (caso práctico)

[Foyer de la Staatsoper una noche de estreno cualquiera. Todos beben champán. Conversación para un entreacto]

Príncipe von Lichnowsky: La soprano ha cantado maravillosamente, creo que nunca he oído semejante interpretación. En mi opinión, la mejor Lucia hasta la fecha.

Cardenal Schönborn: Oh, no se puede negar que la muchacha tiene voz... pero yo no creo que pueda haber nadie como la Callas. Llámenme clásico.

Princesa Kinský: Yo escuché a una señorita encantadora el año pasado en Praga; tenía una voz de ángel.

El tonto que busca integrarse: Oh, yo la escuché también, pero tenía un registro medio bastante pobre.

Cardenal Schönborn: Vaya, parece que contamos con un entendido. ¿Qué opinión le merece a usted el trabajo del director de escena? ¿No le parece demasiado atrevido en una ópera de estas características?

El tonto: Bueno, no me gusta ejercer de abogado del diablo, pero lo cierto es que el resultado es muy poético.

Princesa Kinský: Oh, estoy totalmente de acuerdo, querido amigo. Hace unos años vi un montaje totalmente démodé en la Ópera de la Bastilla que me pareció el colmo del mal gusto.

La mujer del tonto que busca integrarse: ¡Qué me va usted a contar! Yo si tengo que ver otro montaje clásico de Don Giovanni es que me da un pasmo.

Príncipe von Lichnowsky: Últimamente estamos teniendo bastante suerte aquí, en Viena. Además de contar con unos maravillosos montajes el año que viene estrenamos producción de La Traviata.

Cardenal Schönborn: ¿La Traviata? ¿Otra vez? Parece que no haya más óperas en el mundo.

El tonto: Personalmente, creo que La Traviata es una ópera sobrevalorada.

Princesa Kinský: Pero, ¿cómo puede decir eso? A mí me parece tan romántica. Es como El barbero de Sevilla, resulta tan bonito ver cómo al final el amor triunfa.

El tonto: A mí la música de Rossini me parece un tanto ramplona, nada que ver con el sutil lirismo de Donizetti.

Cardenal Schönborn: Muy cierto eso que dice, muy cierto... Donizetti representa todas las virtudes de la escuela italiana. Y dígame, ¿cuál es en su juicio, su mejor ópera?

El tonto: Mi preferida, sin duda, es Elisabetta al castello di Kenilworth.

Príncipe von Lichnowsky: Interesante, sin duda usted es un gran connaisseur y un ejemplo para todos nosotros, pobres dilettanti.

[Suena la campana que anuncia el comienzo del segundo acto.]

Princesa Kinský: Ah, empieza el segundo acto; debo buscar a mi marido el príncipe, discúlpenme. Querido amigo, la próxima vez estaré encantada de continuar nuestra interesante conversación.

Príncipe von Lichnowsky: ¡Cielos, es cierto, cómo pasa el tiempo con una charla interesante! Venga algún día a mi palacio y podremos seguir con el tema. Además tengo una soberbia colección de manuscritos de Beethoven que a buen seguro llamarán su atención. Ha sido un placer.

Cardenal Schönborn: Igualmente le digo, hijo mío. Pásese algún día por el palacio arzobispal a tomar café. Por las tardes suelo recibir a un grupo en el que usted se sentirá a las mil maravillas.

[Y así usted, tonto que busca integrarse, se ganará el favor de los poderosos y también su amistad. Y recuerde: la perfección no existe, pero puede simularse.]

C.A.C.A. I: en la ópera.

Últimamente se lleva mucho cierto tipo de libros, en plan "365 días para ser más culto", "todo lo que hay que saber de la cultura" y demás obras que pretenden acabar con la nulidad intelectual del prójimo.
Yo quiero contribuir con mi granito de arena a tan vasto panorama iniciando mi propio Curso Acelerado de Cultura para Analfabetos (C.A.C.A.), y la primera lección, por estar metido en el meollo últimamente, va a ser la ópera.
Para aquellos que piensen que la ópera era un lugar donde van los ricos a hablar de sus propiedades, a poner verde al servicio y a beber sangre de bebé en copas de cristal de roca... ¡están en lo cierto! El objetivo, evidentemente, es que ustedes, que son más tontos que una piedra, puedan pasar por unos perfectos caballeros y participar de sus conversaciones sin tener que bajar la cabeza y sin sentirse menospreciados por esa gente, que, a todas luces, es mejor que ustedes.
En primer lugar, hay unas cuantas frases que conviene soltar en cualquier conversación que tenga lugar en el foyer, ya sea antes de que comience la representación o en el entreacto, y es altamente recomendable pronunciarlas con total indiferencia, como si fuera un hecho probadísimo del que uno no espera aceptación por parte del interlocutor. Es así y punto. Ahí van:
- Yo creo que La Traviata está sobrevalorada.
- Personalmente encuentro la música de Rossini bastante ramplona, nada que ver con el sutil lirismo de (Bellini/Donizetti)
- La soprano tiene un registro medio bastante pobre.
- No creo que los tempi hayan sido los adecuados; es una obra que exige mucha más calma y reflexión.
- Si tengo que aguantar otra producción clásica de Don Giovanni me da un pasmo (esta es especial para las señoras)
Ahora bien, si en algún momento de la conversación, en la que ya estamos integrados por pleno derecho, un contertulio se interesa sobre nuestros gustos y comete la grandísima vulgaridad de preguntarnos por nuestras óperas favoritas, no diremos que son La Traviata, El barbero de Sevilla, Carmen, Aída o Don Giovanni. Eso está bien para los paletos que viven en caravanas al sur de Alabama y que se casan entre primos.
La lista de óperas recomendadas es ésta:
- Stiffelio (Verdi)
- Edoardo e Cristina (Rossini)
- La lettera anonima (Donizetti)
- Adelson e Salvini (Bellini)
En la próxima entrega mostraremos un ejemplo práctico para que incluso ustedes, con sus limitadas capacidades, puedan ver cómo con esfuerzo y tesón se puede llegar a las más altas cotas de reconocimiento.
Y recuerden : la perfección no existe, pero puede simularse.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

A los señores del COIE y a la Jefa de División de Matrícula y Expedientes muy en particular,

Hoy tuve la inmensa fortuna de pasar gran parte de la mañana frecuentando las diversas ventanillas de sus oficinas. En mí, persona afable y llena de cariño para con mis semejantes, la ocasión fue una oportunidad para entablar conversación con diversos "PAS" (personal de administración y servicios), incluído el mismo inepto que unos meses antes intentó realizar mi matrícula en un TAD (trabajo académicamente dirigido), en lo que acabó siendo una especie de aborto burocrático de primer orden.
Es septiembre, señores míos, aunque el tiempo engaña dando la sensación unas veces de que nos despertamos en un noviembre adelantado, las otras en un julio tórrido y retrasado. En estas fechas, cuando los alumnos vaguetes (ay, ay, ay...) que han dejado asignaturas se pasan los días haciendo exámenes, otros muchos intentan matricularse en los cursos que la oferta académica tiene a bien mostrar para el curso que empieza. Lo que resulta altamente inconcebible es que ustedes, que supuestamente están en la temporada alta del asunto, no ocupen todos los sitios habilitados para atender al personal y encima se anden con chanzas cuando se ha formado una cola que ni la de judíos para entrar en las duchas de Dachau.
Por si no se han dado cuenta, el lugar no es especialmente agradable: hace calor, no hay un solo lugar en el que descansar las nalgas, y aún por encima, los mostradores para escribir (en los que hay atado un bolígrafo bic descapullado con hilo de bramante -he ahí las glorias del Gallaecia Fulget fonsequeño-) están a una altura que provocaría cuando menos una escoliosis galopante.
Por otra parte, su completa nulidad a la hora de enfrentarse al aparato administrativo que ustedes mismos forman, puede llegar a desesperar al más paciente de los mortales. Me gustaría ver a una Madre Teresa intentando matricularse en un Master oficial sin acabar renegando de su fe católica para defecarse en lo más sagrado; o a un Ghandi que quiera pasar las asignaturas optativas de una carrera para la libre configuración de otra. Les aseguro que esos prohombres del pacifismo acabarían por rasgarse las vestiduras cuando por 5ª vez alguien les dijera que fueran al Registro a entregar el impreso X-5.
Yo, que soy así, un cabrón desconfiado por naturaleza, me llevé compañía para pasar el trance. Sé que, al fin y al cabo, esto es como una revisión de próstata, y tarde o temprano alguien te va a dar por culo. Normalmente es el gachó que está en la ventanilla y que te suelta aquel clásico "te falta la fotocopia del DNI". Hoy no fue el de la ventanilla, que todo hay que decirlo, los dos que estaban despachando títulos fueron de lo más amables.
El problema viene cuando el chico te dice que esperes por "Pepa", pero que Pepa se ha ido a una reunión y como no te puede atender que pases a hablar con la jefa del asunto. Mal rollo cuando a uno le mandan pasar a un cubículo acristalado, en el que, como un se mitológico que se alimenta de sangre de bebés y de mala hostia, la jefa vive parapetada detrás de su ordenador; dueña y señora de un mundo que no se extiende más allá de 4 metros cuadrados y en el que su palabra es ley y tiene derechos de soga y cuchillo sobre la vida del pobre que se atreve a molestarla.
A mí me mosqueó en cuanto entré, porque aunque había dos sillas preciosas delante de la mesa la tipa ni se molestó ni en decirme que me sentara. Educación ausente la suya, que quedó corroborada cuando con una sonrisa (la misma sonrisa que tendría Jack el Destripador antes de sacarle las entrañas a una puta de Whitechapel) me preguntó que por qué no había pasado esos créditos de Magisterio antes. Cara de incredulidad la mía ante el tonillo de la mujer, que a todas luces disfrutaba como una loca mientras yo ponía cara de angustia, al decirme ella que veía muy complicado que este año me diera tiempo a matricularme en el Master.
La tipa estaba disfrutando de lo lindo, y me dio un curso de plazos administrativos igual que alguien le diría a su hermano imbécil que el filete no se corta con la cuchara; lo que me tocó infinitamente las pelotas estando yo dentro de plazo, pero la verdad es que en el momento no supe reaccionar como debería.
El problema (y esto es España y el amigo Larra lo sabía de sobra hace 200 años), es que aquí al primer hijo de vecino al que uno le da un despacho o un uniforme se cree el rey del mambo, y la torda esta no se da cuenta de que en realidad ella trabaja para mí, que soy el que con sus matrículas y tasas le está pagando; y como yo, la multitud de tipos que con sus sobres y sus certificados, y sus caras de angustia, está allí esperando el favor divino de quien se sabe omnipotente y tiene el control del mundo mundial.
Lo único que queda decir es que arrieritos somos... y vae victis! como nos encontremos por el caminito.
(Escrito el lunes, 7/9/2009)
Miércoles 9/9/2009:
No sólo me licencié y me corrigieron el TAD a tiempo, sino que conseguí matricularme en el Master "sin problemas". A veces la burocracia funciona... pero para que lo haga bien hay que esperar un milagro. ¿Dónde está Juan Pablo II cuando hace falta, ahora que necesita milagros postmortem para su canonización?

domingo, 6 de septiembre de 2009

El Padre Esteban.

Era un hombre alto, enjuto, con unas grandes gafas detrás de las que bailaban unas pupilas despiertas pese a la que entonces me parecía una edad avanzadísima. Era la imagen viva de la dignidad; un aciano verdaderamente venerable, que caminaba a pasos cortos por el patio del colegio, a veces con un rosario en las manos y otras simplemente paseando con los brazos a la espalda, como hacía Brahms por la Viena del XIX.
La figura negra, siempre de sotana, hiciese el tiempo que hiciese, mantenía a los niños alejados porque los profesores nos decían que no molestásemos al Padre Esteban. A mí siempre me trajo sin cuidado la recomendación, y yo iba detrás hablando con el viejo sacerdote, aprendiendo todas aquellas historias que contaba y aquellos latines que todavía sonaban solemnes y ceremoniosos, casi podríamos decir que "preconciliares".
Recuerdo las tardes de primavera en la huerta del colegio, con algunos compañeros, regando árboles y comiéndonos los higos y las uvas, mientras él se paseaba entre aquellas propiedades que hoy no son ni la sombra de lo que fueron; era capaz de recitar de memoria el nombre científico de todas aquellas especies de frutales, las fechas de fundación y dotación del colegio, naciemientos de condes, y datos más tristes y más recientes de cuando el colegio había sido hospital de campaña durante la Guerra Civil.
Sobre su vida sé poco, casi nada. Que nació en un pueblo de Burgos y que en un momento dado le habían concecido la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. De haber tenido aspiraciones más altas habría llegado a obispo o cardenal, porque tenía las hechuras de un Ruini con la afabilidad de un Amigo, y creo que de dogma iba sobrado como Su Santidad, aunque no tenía el aspecto de guardián de la Congregación para la Doctrina de la Fe de Beni.
Hoy me acordé de él no sé muy bien por qué, pero hace años que le dieron el requiescat en Madrid, lejos de su colegio y del pueblo que lo nombró hijo adoptivo. Si preguntan por él, todavía hay gente que lo recuerda -mi tío habla de los capones que daba en clase en sus tiempos mozos-, casi siempre con una sonrisa en labios porque es un símbolo de tiempos pasados que normalmente nos gusta mitificar. A mí empieza a pasarme, quizás por eso me acordé sin motivo de aquella figura negra y envarada que de no ser por la sonrisa y el trato podría pasar por jesuíta del Santo Oficio.
Sit tibi terra levis, amigo.