lunes, 26 de octubre de 2009

No quiero saber nada de política.

Estaba leyendo ahora algo en un blog que me ha hecho darme cuenta de que cada vez tengo menos estómago para soportar ciertas noticias, pero sobre todo el tono con el que se tratan ciertas noticias. Uno de esos tipos son las llamadas "del corazón", que si hay justicia en el mundo algún día recibirán su merecido infarto de miocardio. Las otras son las de política, que en ocasiones -más de las que me gustaría reconocer- son mucho más sucias que las primeras, y lo que es peor, con una carga demagógica tan grande que a uno se le revuelven los intestinos de sólo pensarlo.
Observando lo que he venido pariendo en este blog últimamente me noto bastante poco combativo para con el establishment -todo el mundo tiene derecho a su momentito pedante- y la verdad es que estoy más contento que unas castañuelas. He estado pensando por qué últimamente he decidido huir de la política y paso de ver las noticias y de leer periódicos; ni siquiera revistas que no sean especializadas pasan por mis manos. Me he convertido en un anacoreta de la información que ha optado por lo drástico y se ha retirado del mundo de los medios.
Creo que hay varias razones:
Primero, y ya comentado, que un servidor no soporta la demagogia barata de ningún color. Por muy bien que se la pinten.
Segundo, que nunca tuve grandes convencimientos políticos -probablemente porque conozco capullos de todas las filiaciones posibles, así como gente maravillosa de todas las filiaciones posibles- y porque creo que en estas cosas debería gobernar el sentido común y no las consignas.
Tercero, porque según está el panorama del país tampoco creo en grandes diferencias según el bando que corte el bacalao.
Cuarto -y este va para Carlos-, porque al ser la política cuestón de sentimientos, nada se gana discutiendo con una señora que diga "José Mari, qué guapo eres, quiero un hijo tuyo" y otra que suelte "Pepiño Blanco, quiero que me hagas el helicóptero". Y lo mismo llevado al terreno de los supuestos comentaristas especializados.
Quinto y último, porque hablar de política me parece de un gusto espantoso siempre y cuando no se haga analizando con seriedad todos los factores y con un conocimiento real de los hechos, cosa que en este país sólo hacen unos pocos y para eso no en los medios supuestamente serios. La labor que hace el Cardenal en su blog me parece admirable y por eso lo leo con asiduidad -además me parece un tipo muy inteligente y divertido- y es capaz de hacer que no me den ganas de vomitar al leer sobre Zapatero, Esperanza Aguirre o la madre que los parió.
Así que por mí, que cada palo aguante su vela y que Dios se la bendiga. He dicho.

Reflexión tipo Simpson.

Lo malo de una gripe repentina es que lo deja a uno baldado y sin ganas de hacer nada; lo único bueno, si se puede ver así, es que te da mucho tiempo libre; lo malo de eso es que con la fiebre la mitad del tiempo estás en la cama; lo bueno es que desconectas del mundo y sólo te preocupa tu tos y tus problemas; lo malo es que después de la fiebre acaban llegando los mocos; además se suda un montón, y eso no es malo, es peor.

Gracias a Los Simpson y al yogurlado.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Ágora.

Después de casi 1700 años seguimos prácticamente igual, sólo que ahora gracias a lo políticamente correcto y a ciertas fórmulas falsas el hombre puede mentir con mayor eficacia y mejores resultados sin tener que mancharse las manos directamente en el asunto.
Lo fascinante del hombre es que siempre puede superarse a sí mismo y darse otra vuelta de tuerca: no somos mejores, pero lo disimulamos con mayor maestría.
No hace falta una película de Amenábar para darse cuenta de esto. Y sin embargo...

lunes, 19 de octubre de 2009

Two drifters off to see the world.

Llueve incesantemente, hace frío y la gente pasa mirando hacia abajo para no pisar los charcos que se han formado en pocos minutos; las suelas de cuero de unos zapatos de tacón resbalan sobre la piedra mojada, y la chica se agarra al brazo del chico, que es quien lleva el paraguas porque todavía cree en ciertas buenas maneras y porque se supone que es todo un caballero.
Han estado cenando en un sitio elegante, un restaurante que ha abierto sus puertas hace relativamente poco, y el vino ha sido excelente, la cena exquisita y la compañía la más agradable del mundo. El camarero los trataba bien porque hacían una pareja deliciosa, con la perfecta compensación de los comentarios en voz baja de él y la risa cristalina de ella, como el sonido que hacen las copas de vino cuando se pasa un dedo húmedo por el borde. La charla era espontánea y fresca, sin resultar demasiado profunda y llena de miradas por encima del centro de flores que decían más que las palabras.
Salieron del restaurante después de que él pagara la cuenta y dejara una considerable propina, porque es de los que creen que la calidad hay que pagarla; después se metieron en un antro lleno de gente mayor, en una calle cercana, pidiendo cervezas que bebieron a morro y que contrastaban con el estilo seco de él y la elegancia única de ella. La misma sensación que podría tener en un antro de rock duro algún tiempo después, tras salir de un concierto. Unos chicos miraban desde una mesa vecina el vestido negro de ella, con la falda al vuelo que se arremolinaba cada vez que se levantaba y caminaba con pasos cortos, moviendo aquellas preciosas piernas sobre unos tacones en los que se sentía con la mayor soltura.
Poco a poco la gente se fue marchando y cuando se dieron cuenta los camareros estaban recogiendo el local, mientras se mezclaban los sonidos de Sinatra cantando en los altavoces y los taburetes a los que les daban la vuelta encima de la barra.
Salieron un poco bebidos, y caminaron juntos, cogidos del brazo, tal como los encontramos al principio. Después se despiden en un portal con un beso encantador, saboreando cada segundo, fundidos en un abrazo mientras él siente el olor fresco de su pelo, largo y brillante, y un cuerpo cálido que se retuerce entre sus manos bajo el abrigo.
Entonces es cuando él se pregunta si el cretino de su novio sabrá la suerte que tiene.

domingo, 18 de octubre de 2009

De los guías turísticos líbranos, Señor.

Espectaculares y realmente peligrosos, más que un viejo con Parkinson y un Klashnikov después de tomarse unas anfetas. Ayer por la mañana estaba yo todo concentrado en el claustro de la catedral de León haciendo fotos y tomando contacto con la obra (Rocío me dijo que si iba a trabajar sobre él tenía que enamorarme de la obra) cuando en un lapso de tiempo de hora y media pasaron unos 5 grupos de turistas, cada uno guiado por una señorita que desentrañaba los secretos de la arquitectura y la escultura cual Panofsky redivivo.
En ese período escuché hasta cuatro cronologías diferentes de lo que cada una entendía por "Arte Gótico", además de alguna referencia en tono de chascarrillo sobre la estética gótica y las hijas de Zapatero. Lo mejor fue cuando una dijo que la Virgen a la que se le hace la ofrenda es una "talla casi románica" (sic.) y los pobres guiris asentían con asombroso pasmo. La explicación de las bóvedas de Juan de Badajoz tampoco estaba exenta de perlas intelectuales, pero he de confesar que para entonces la sobrecarga de información era ya tan grande que me negué a retener los datos. Otra de ellas decía que la visita al claustro únicamente merecía la pena por la vista de la catedral, que desde fuera "se pierde, así que aprovechen para hacer fotos".
Son una especie endogámica, además, que miran mal cuando uno está demasiado cerca y no ha pagado por sus servicios. Y peor aún, cuando alguno está explicando algo a su grupo sin la acreditación de guía oficial, lo que se considera un caso mayor de intrusismo profesional casi digno de ser llevado ante el Supremo. Esto último nos pasó en Lisboa, cuando David Chao nos explicaba la iglesia de los Jerónimos y una guía le increpó (de pésima manera y con una educación barriobajera, todo hay que decirlo) para que cesara al momento de tan delictivo acto. Momento monumental, por otra parte, cuando Garbayo salió en nuestra defensa apuntándola con un dedo amenazador, sobre el cual matizó "el dedo es mío y me lo meto dónde quiero".
Calculé que en León las visitas guiadas al claustro duran una media de 5 minutos, incuido el tiempo libre para que los turistas se paseen por las pandas y hagan fotos a las "pinturas de Nicolás Francés del siglo XV" que todavía se ven en los muros. 5 minutos pagados a sabe Dios cuánto (la visita individual cuesta 1 mísero euro) para recibir una información incorrecta que en algunos casos llega al auténtico disparate. Yo he de confesar que a mí me divierte porque cuando pienso que ya no se puede ser más zopenco viene otra y lo desmiente.
Ahora entiendo aquello que nos decía Rosa de que la ignorancia es muy atrevida.

viernes, 9 de octubre de 2009

La crisis postmoderna.

Resulta que todos estamos un poco acojonados una vez que hemos acabado la carrera y que somos todos unos licenciados en Historia del Arte. El motivo es que hasta ahora teníamos objetivos claros y a corto plazo; ahora ni siquiera sabemos lo que realmente queremos ni cómo conseguirlo, aún cuando podemos atisbar con mayor o menor acierto lo que se nos ofrece.
En el fondo somos unos atrevidos cobardes que se dan cuenta de las cosas pero a los que les asusta enfrentarse a determinados aspectos que nos obligan a darnos cuenta de lo que ocurre y de que lo que aparece en las novelas no siempre ocurre. A veces reaccionamos con cinismo, que es un arma ingeniosa pero cobarde; otras nos derrumbamos y nos cerramos en nosotros mismos, y las más de las veces, y peligrosas, acabamos descreídos, convencidos de que sin ilusiones tampoco nos vamos a llevar desilusiones.
En ese aspecto, el que suscribe siempre ha sido un romántico de toda la vida. La adhesión a ciertos principios, una confianza ciega en determinadas cuestiones y una fachada bien llevada de cinismo y sarcasmo le han servido para sacarse las castañas del fuego cuando la realidad venía a llamar a la puerta con incansable insistencia. Como los cuatro golpes del inicio de la Quinta sinfonía de Beethoven.
Siempre me he negado a creer en los descreimientos, aún cuando me han intentado abrir los ojos a golpe de navaja buñueliana, y siempre he sido en esos aspectos -aspectos en los que no voy a entrar porque no viene al caso- un optimista incombustible, pese a las posturas cínicas y sarcásticas que casi siempre tienen por objetivo sacarle una sonrisa al público presente.
Si hubiera cedido a los desengaños -que han sido numerosos y dolorosos- hace tiempo que debería haberme cortado las venas, porque sería una forma de vida tan baja y despreciable que no habría merecido la pena. Y esto lo dice un convencido del suicidio a tiempo como única forma digna de irse del mundo sin tener que esperar a que una enfermera -prostitutas de los cuidados médicos- venga a cambiarle los pañales.
No sé si el día de mañana seré un amargado que realmente se crea todos sus cinismos, pero como decía el grandísimo Machado:
fatigas, pero no tantas,
que a fuerza de muchos golpes
hasta el hierro se quebranta.

domingo, 4 de octubre de 2009

Placeres (in)confesables.

Cosas que me gustan:
  1. El olor a café recién hecho al abrir la puerta.
  2. Salir de casa sin propósito y encontrarse a alguien en una terraza.
  3. Las conversaciones tontas y divertidas a altas horas de la mañana en cocinas ajenas.
  4. El olor a libro viejo.
  5. Las mañanas de agosto en la biblioteca de la Facultad cuando no hay nadie.
  6. Los nervios tontos cuando preparo una cena para dos.
  7. Despertarme a las 8 y ver que todavía son las 8.
  8. Oir cómo llueve en el patio de luces mientras todavía estoy en la cama.
  9. Leer varias veces el mismo párrafo cuando me estoy quedando dormido.
  10. Los dedos arrugados cuando estoy demasiado tiempo en la bañera.
  11. Saber que siempre me quedará la Adega do Carlos para ver a mis amigos.
  12. Una sonata de Mozart y un Cola-Cao después de un día duro.
  13. Cualquier cosa de Bach después de cualquier día.
  14. Ver un bebé y darme cuenta de que sonrío sin motivo.
  15. La sonrisa sin motivo de una chica.
  16. Ser consciente de algunas cosas de las que otra gente no se da cuenta.
  17. Madrugar mucho y tomar el primer café en la ventana mientras todo el mundo duerme.
  18. Reírme como un loco viendo películas de Woody Allen.
  19. Decir las frases de Los Simpson al mismo tiempo que en la tele.
  20. Estar pensando lo mismo que algún amigo y la mirada de complicidad momentánea y posterior carcajada.

sábado, 3 de octubre de 2009

Si estaba cantado.

¿Realmente alguien se sorprendió cuando el presidente del COI sacó el papelito del sobre y dijo Río de Janeiro? Al parecer sí: toda la gente, en Madrid y en la delegación española en Copenhague, que lloraba a moco tendido. Ni siquiera las palabras de un vejete que ve la luz al final del túnel ni de una testa coronada conmovieron el corazón de los miembros votantes, que respetaron -como era previsible- la alternancia de continentes que impera desde la Segunda Guerra Mundial.
Por ese motivo ya podíamos tener la sospecha de que Madrid se iba a quedar a dos velas. Por otro, el hecho de que América del Sur no hubiera tenido su oportunidad hasta ahora era el motivo políticamente correcto para dárselos. Tokyo tenía demasiado reciente lo de Pekín 2008, y además la gente del país no estaba muy por la labor. Estados Unidos, por su parte, pese a la visita relámpago de Obama para la presentación de Chicago, no se libra del fantasma de la pésima organización de Atlanta'96, financiada a golpe de cola-dólares y con un escasísimo interés por parte de la población.
Sumando todos estos antecedentes es fácil ver que Madrid 2016 era imposible y que desde el principio íbamos gafados, aún cuando pasamos las dos rondas de votaciones preliminares. Por eso, llorar cuando el presidente del COI sacó el papelito que le daba la sede a Río de Janeiro es como llorar en Titanic cuando se hunde el barco: todo el mundo sabía cómo acababa la película incluso antes de que empezara.