Hace frío, pero necesitaba salir de casa y pasear para que me diera el aire, así que quedé en pasar a buscar a un amigo para tomar una caña; más que nada por tener la excusa de hacer algo, y no salir a andar sin rumbo fijo. Había visto unas cuantas películas de adolescentes americanos, universitarios borrachos rodeados de tías buenas, esperando que me pudrieran un poco el cerebro y que me impidieran pensar demasiado.
Atravesé San Pedro mirando al frente y sin pararme, sólo como un trámite hasta llegar a Fontiñas. Me impedí darle vueltas a la cabeza a escasos 5 metros de esas escaleras que nunca se acaban, concentrado en las piedras del suelo y esquivando gente rara, e igual sólo fui capaz de hacerlo porque llevaba fresco el pudrimiento cerebral después de ver Van Wilder: Animal Party.
Después tomé esa caña, sin ganas, hablando con el chavalín de tetas, culos, y cantantes americanas modernas "que no cantan un carallo pero que están todas buenísimas". Me distrajo bastante y nos echamos unas risas. Más o menos una hora más tarde habíamos terminado nuestras cañas y nos fuimos, porque yo tampoco estaba demasiado chisposo y aquí el colega tiene hoy concierto.
Nuevamente tuve que atravesar San Pedro. Lo de no pensar no funciona -al menos a mí no me funciona-, así que me dejé llevar y me concentré, fijándome en los detalles de esa calle que recorrí unas cuantas veces sin fijarme nunca en ella. Disfrutando conscientemente, como una especie de autoflajelación. Por primera vez vi a la señora del kiosko de San Pedro, removiendo revistas un domingo a la 1 de la mañana; me fijé en bares de señores mayores preguntándome cuál sería el famoso Javichi -debería ser uno de un señor gordo que mira la tele con los parroquianos-, y me quedé embobado con el cartel de una tienda de muebles juveniles, en el que un niño abierto de piernas y con los brazos estirados, como el hombre de Vitruvio de Leonardo, tiene la cara más triste del mundo.
Para estar en abril hace frío y no había vagabundos durmiendo en los bancos de la plaza con el cruceiro -me enteré ayer de que se llama Plaza 8 de marzo-, pero había un tipo muy raro mirando un cartel al lado de una señal y pensé que quizás podría ser el exhibicionista aficionado de los tres intentos.
De repente, habiéndome fijado en todos esos detalles que siempre se me habían escapado, caí en la cuenta de que encima de esas escaleras interminables hay un bloque de piedra en el que está esculpida una preciosa señal de dirección prohibida. Y sonreí cínicamente, pensando que a veces los dioses tienen un sentido del humor realmente retorcido.
2 comentarios:
En abril normalmente no pasa nada; suele ser un mero trámite, más o menos como noviembre. Pero en este abril se están juntando demasiadas cosas. Por mi parte, sólo estoy deseando terminar con las puñeteras obligaciones para poder despedirme en condiciones. Espero que, para entonces, podamos tomarnos una caña o dos, y hablar unas bonitas verdades.
Que sean un gintonic o dos y unos brugales con cola. Plis!
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