Momento de renovar el pasaporte. Madrugar, armarme de paciencia y rezar a todos los santos pidiendo clemencia y ayuda para enfrentarme a la administración pública.
Llego a la comisaría a las 9,30 de la mañana. Me dan número: el 31. El policía -un tipo joven que me trata de usted, con mucho protocolo- me dice que tengo tiempo para tomar un café y que no me dé demasiada prisa. Aprovecho y me voy a hacer las fotos. Vuelvo dos cafés y un zumo de naranja más tarde, tras haber echado un breve vistazo al periódico sin demasiado interés y haber escuchado las noticias en la tele, una en la que un policía le había pegado 3 tiros a un paisano en plena Puerta del Sol. Han pasado 3/4 de hora.
Me siento y pregunto, inocente, "¿por cuál van?". Por el 12. Me resigno y espero. Llega una familia de gitanos: el padre, la madre, y tres críos sucios como si acabaran de salir de picar carbón. Se sientan a mi lado, los críos montan un poco de jaleo pero la madre les riñe -me doy cuenta de que son portugueses- para que guarden la compostura. Más o menos se comportan.
Llaman al 13, unos diez minutos después. Me desespera la lentitud. Me levanto y salgo a hablar por teléfono; decido ir hasta el coche y lo acerco desde el garaje hasta la comisaría. De paso cojo un libro para leer.
Al volver ya van por el 15. Cuando llegan al 16 empiezan a llamar a gente que no estaba... pasan números hasta el 25, momento en el que el padre gitano dice "somos nosotros" y se acerca al escritorio con toda la prole.
Van a hacerle los DNIs a los críos: una niña y dos niños. Saray, Carlos y Joel. El mayor lleva unas tiritas sucias, que no tapan del todo la herida, sobre el ojo izquierdo. Se ve un corte en el párpado.
Empiezan la odisea: pon el índice de la mano derecha, ahora el de la mano izquierda, ahora lo giramos, ahora lo mismo con la otra mano, así no, no le calques, no toques los cables, hay que portarse bien o si no al calabozo, pon el dedo otra vez, si no vengo con la tijera.
Van pasando por la silla mientras la madre los ayuda y el padre sostiene a los otros dos en las sillas de espera.
Cuando llega el de la tirita el funcionario le pregunta. "¿Y eso? ¿Quién te hizo eso?".
"Papá", responde el chaval, con una sonrisa, como si fuera lo más natural del mundo. El funcionario no parece inmutarse, ni siquiera cuando el padre suelta un "Foi sin querer" desde atrás, que sonó muy poco convincente.
Se oyen los engranajes del cerebro del funcionario. "Para qué cojones preguntaría nada". Estamos en una comisaría de policía y no pasa nada. ¿Qué van a hacer? ¿Detener al padre por darle una hostia a su hijo que le revienta el párpado?
Cuando están en esas me llaman para hacerme el pasaporte. Acabamos a la vez: Joel y yo. Él con su DNI electrónico y yo con un pasaporte que caduca en 2015.
Salimos todos de la comisaría: yo y la familia gitana. Los críos salen disparados, alborotando, en dirección a una furgoneta enorme que está aparcada a poca distancia.
El padre tiene poca paciencia. Cuando los niños se desmadran oigo desde atrás "Os voy dar una hostia".
Ahora sí que suena sincero.
Me siento y pregunto, inocente, "¿por cuál van?". Por el 12. Me resigno y espero. Llega una familia de gitanos: el padre, la madre, y tres críos sucios como si acabaran de salir de picar carbón. Se sientan a mi lado, los críos montan un poco de jaleo pero la madre les riñe -me doy cuenta de que son portugueses- para que guarden la compostura. Más o menos se comportan.
Llaman al 13, unos diez minutos después. Me desespera la lentitud. Me levanto y salgo a hablar por teléfono; decido ir hasta el coche y lo acerco desde el garaje hasta la comisaría. De paso cojo un libro para leer.
Al volver ya van por el 15. Cuando llegan al 16 empiezan a llamar a gente que no estaba... pasan números hasta el 25, momento en el que el padre gitano dice "somos nosotros" y se acerca al escritorio con toda la prole.
Van a hacerle los DNIs a los críos: una niña y dos niños. Saray, Carlos y Joel. El mayor lleva unas tiritas sucias, que no tapan del todo la herida, sobre el ojo izquierdo. Se ve un corte en el párpado.
Empiezan la odisea: pon el índice de la mano derecha, ahora el de la mano izquierda, ahora lo giramos, ahora lo mismo con la otra mano, así no, no le calques, no toques los cables, hay que portarse bien o si no al calabozo, pon el dedo otra vez, si no vengo con la tijera.
Van pasando por la silla mientras la madre los ayuda y el padre sostiene a los otros dos en las sillas de espera.
Cuando llega el de la tirita el funcionario le pregunta. "¿Y eso? ¿Quién te hizo eso?".
"Papá", responde el chaval, con una sonrisa, como si fuera lo más natural del mundo. El funcionario no parece inmutarse, ni siquiera cuando el padre suelta un "Foi sin querer" desde atrás, que sonó muy poco convincente.
Se oyen los engranajes del cerebro del funcionario. "Para qué cojones preguntaría nada". Estamos en una comisaría de policía y no pasa nada. ¿Qué van a hacer? ¿Detener al padre por darle una hostia a su hijo que le revienta el párpado?
Cuando están en esas me llaman para hacerme el pasaporte. Acabamos a la vez: Joel y yo. Él con su DNI electrónico y yo con un pasaporte que caduca en 2015.
Salimos todos de la comisaría: yo y la familia gitana. Los críos salen disparados, alborotando, en dirección a una furgoneta enorme que está aparcada a poca distancia.
El padre tiene poca paciencia. Cuando los niños se desmadran oigo desde atrás "Os voy dar una hostia".
Ahora sí que suena sincero.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada