Dura poco tiempo. Quizás media hora, no más, y es la típica luz dorada de última hora de la tarde, propia de finales de junio y principios de julio. También es la luz dorada que siempre he asociado a Roma, porque los edificios de Roma están pensados para relucir como el oro, con la luz adecuada y la perfecta combinación de sombras, en su justa medida. Sombras que generan las cornisas barrocas y las columnatas, las esculturas y las fuentes que decoran las mil plazas y callejas.
Incluso las moles medievales del Palazzo Capranica o la Torre della Scimmia son casi doradas a última hora de la tarde, que es cuando apetece pasear y meterse por rincones extraños, sin turistas, dónde se encuentran patios llenos de hiedra que parecen abandonados, y uno recuerda entonces a los Finzi Contini, encerrados en su jardín.
La luz dorada da un aire extraño e irreal, de semidiós, a la estatua ecuestre de Marco Aurelio, al que cambiaron por una copia hace unos años, encerrando al original y privándolo para siempre de volver a sentirse uno más en el panteón romano. El Capitolio, sin embargo, sigue produciendo ese efecto absorbente con sus palacios rosados y las columnas blancas, que por la noche destacan como el mármol blanco de Porta Portese entre los restos de las destartaladas murallas de ladrillo.
También las iglesias de Roma son doradas por dentro: el órgano y la tribuna de Sant'Antonio dei Portoghesi, el techo de Santa Susanna o Santa Maria in Trivio; el baldaquino de San Pedro, por supuesto, pero también el mármol blanco de la cantoría de San Clemente y los mosaicos de San Pablo Extramuros. Incluso las iglesias menores, como Santa Maria in Via Lata, a la que nadie presta atención pese a estar en plena Via del Corso, porque se la roba el Palazzo Doria-Pamhilj, que tiene al lado; o la fachada, de un barroco clásico y demasiado contenido, de San Giovanni dei Fiorentini, en la que descansan para siempre Borromini y Carlo Maderno, sin los que Roma sería indudablemente menos dorada.
Incluso el efecto espantoso del Vittoriano, a última hora de la tarde, parece mitigar mínimamente sus proporciones megalómanas y el hecho de que los foros fueran destrozados para trazar la Via dei Fori Imperiali, buscando la visión perfecta del Coliseo desde Piazza Venezia, para que Mussolini, al contrario que Marco Aurelio, pudiera sentirse un poco más semidiós.
Los palacios también relucen: la fachada lisa y sin estridencias del Palazzo Farnese, dominando su plaza como un gigante severo. No puedo dejar de pensar que ese edificio, pese a su color pastel, siempre me ha parecido terriblemente ominoso, la casa perfecta para un Scarpia despiadado ante el que temblaba toda Roma. Reluce también la fachada recargada del Palazzo Spada, en la Piazza Capo di Ferro, o la galería pintada por Pietro de Cortona en el Palazzo Pamphilj, que se ve desde Piazza Navona.
Reluce toda Roma porque ha sido creada de tal forma que parezca de oro, que sus edificios refuljan como los dorados de las vestiduras papales y los ornamentos litúrgicos, las carrozas que una vez transportaron a los miembros de la nobleza por la Via del Corso o las barcas que desembarcaban en el ya desaparecido Porto di Ripetta. Porque toda Roma es un inmenso escenario. El escenario más realista y a la vez fantástico del mundo: por éso es dorada, como los grandes teatros de ópera.
La luz dorada da un aire extraño e irreal, de semidiós, a la estatua ecuestre de Marco Aurelio, al que cambiaron por una copia hace unos años, encerrando al original y privándolo para siempre de volver a sentirse uno más en el panteón romano. El Capitolio, sin embargo, sigue produciendo ese efecto absorbente con sus palacios rosados y las columnas blancas, que por la noche destacan como el mármol blanco de Porta Portese entre los restos de las destartaladas murallas de ladrillo.
También las iglesias de Roma son doradas por dentro: el órgano y la tribuna de Sant'Antonio dei Portoghesi, el techo de Santa Susanna o Santa Maria in Trivio; el baldaquino de San Pedro, por supuesto, pero también el mármol blanco de la cantoría de San Clemente y los mosaicos de San Pablo Extramuros. Incluso las iglesias menores, como Santa Maria in Via Lata, a la que nadie presta atención pese a estar en plena Via del Corso, porque se la roba el Palazzo Doria-Pamhilj, que tiene al lado; o la fachada, de un barroco clásico y demasiado contenido, de San Giovanni dei Fiorentini, en la que descansan para siempre Borromini y Carlo Maderno, sin los que Roma sería indudablemente menos dorada.
Incluso el efecto espantoso del Vittoriano, a última hora de la tarde, parece mitigar mínimamente sus proporciones megalómanas y el hecho de que los foros fueran destrozados para trazar la Via dei Fori Imperiali, buscando la visión perfecta del Coliseo desde Piazza Venezia, para que Mussolini, al contrario que Marco Aurelio, pudiera sentirse un poco más semidiós.
Los palacios también relucen: la fachada lisa y sin estridencias del Palazzo Farnese, dominando su plaza como un gigante severo. No puedo dejar de pensar que ese edificio, pese a su color pastel, siempre me ha parecido terriblemente ominoso, la casa perfecta para un Scarpia despiadado ante el que temblaba toda Roma. Reluce también la fachada recargada del Palazzo Spada, en la Piazza Capo di Ferro, o la galería pintada por Pietro de Cortona en el Palazzo Pamphilj, que se ve desde Piazza Navona.
Reluce toda Roma porque ha sido creada de tal forma que parezca de oro, que sus edificios refuljan como los dorados de las vestiduras papales y los ornamentos litúrgicos, las carrozas que una vez transportaron a los miembros de la nobleza por la Via del Corso o las barcas que desembarcaban en el ya desaparecido Porto di Ripetta. Porque toda Roma es un inmenso escenario. El escenario más realista y a la vez fantástico del mundo: por éso es dorada, como los grandes teatros de ópera.
1 comentarios:
hola pablo... debo de decir que en mi ocio no buscaba algo en particular.. peroe ya despues de largo rato de buscar me tope con tu blog; el cual por falta de tiempo no eh podido terminar de leer, pero te puedo decir que "de fuentes y sentimientos" esta muy padre... me gusto la forma en la que te expresas y en el contenido del texto..
me agrado mucho...
gracias por escribir como lo haces.
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