lunes, 2 de agosto de 2010

Homeless.

Veo que no soy el primero en escribir sobre mi partida de Santiago. Llevo bastante tiempo alejado de estos círculos virtuales, en los que una semana parece un siglo, la bandeja de entrada del mail se llena de basura que te ofrece réplicas de Rolex baratas, Viagra de una farmacia canadiense y productos para el alargamiento del pene, así como premios multimillonarios en la lotería nacional de Ghana, aunque tú no hayas estado en Ghana en tu puñetera vida y sólo eches el Gordo y los Euromillones.
Una semana alejado de este circo, decía, que me hizo tener abandonado el Facebook y los diferentes blogs que leo y que desde hace tiempo han sustituido con gran fortuna a la prensa diaria y a los informativos. Y claro, me encuentro ahora con ésto.
Efectivamente dejo mi casa compostelana. Dejo el piso por el que, como bien dice mi amigo, han pasado bastantes personas y en el que hemos vivido momentos estelares sin los que hoy seríamos un poco menos nosotros mismos. Cenas -cocinas de gourmet a menudo mal acabadas y en otras ocasiones deliciosas-, veladas musicales con los grandes maestros presentes, siempre Mozart, Haendel y el grandísimo Johann Sebastian como invitados de honor que ya eran habituales; compañerismo, anécdotas y consejos, libros de Arte, ópera y literatura, que nos convirtieron a todos -innegablemente a algunos más que a otros- en auténticos estetas, capaces de apreciar lo bueno de la vida, pero también conscientes de lo malo que nos rodea.
Se cierra el círculo, me decía alguien hace poco. No puedo evitar pensar que este año se están cerrando muchos círculos, en ocasiones relacionados unos con otros, y a veces simplemente independientes, que me hacen pensar en un fatum real, guiando con mano diestra, aunque sólo a veces, el destino.
A lo largo de 7 años, que se dice pronto, he conocido a mucha gente que ha pasado por esa casa. Algunas de esas personas se quedaron una temporada, acogidos como refugiados en ocasiones, sabiendo que esa puerta verde siempre estaba abierta. Otras sólo unos días o unas horas. Todos ellos, independientemente del tiempo que pasaran por allí, dejaron alguna marca en esas paredes de piedra y en el ocupante, que como un dragón de cuento, iba acumulando tesoros a su alrededor en aquella cueva.
Poco puedo decir que no haya dicho. Si estoy orgulloso de algo es de que prácticamente no haya habido anécdotas desagradables que puedan salir a la superficie. Sí hubo, sin embargo, grandes momentos de exaltación de la amistad, de cariño y de amor verdadero -y cada cual sabe en qué grupo ha de meterse-, lo cual me hace sonreír, bonachón, y pensar que aunque el círculo se cierre siempre puede volver a abrirse, como una cota de malla, para engarzar círculos nuevos.
Tantos como sean necesarios.

1 comentarios:

frao dijo...

El circulo es la figura màs perfecta que exista!!!