Salgo de la galería. Hace un calor espantoso, que te golpea en todo el cuerpo nada más abrir la puerta; el cielo está gris y no augura nada bueno. La gente va en pantalones cortos, con sandalias, camisetas sin mangas... al lado del monumento a Washington se agrupan personas deportistas que han salido a correr a lo largo del estanque que va hasta el Lincoln Memorial.
Se nubla un poco más, y la humedad del ambiente se pega de una forma horrorosa. De repente empiezan a caer unas gotas. Voy por detrás de The Elipse, con la Casa Blanca a la derecha y el imponente Edificio Eisenhower a un lado. Parece recién trasladado de París por uno de esos americanos locos de principios del siglo XX que se traían castillos y capillas románicas.
Llueve con más intensidad y por un momento me refugio debajo de un roble enorme; no es suficiente. En el momento que salgo de debajo de las ramas empieza a diluviar y me pilla de lleno. Ando más rápido, para llegar al pórtico del Constitution Hall. Hay un montón de chinos a los que también les ha pillado la tormenta, una pareja también de chinos, pero independientes, y dos chicas que por la forma de encenderse mutuamente los cigarrillos y las miradas me parecen más que amigas.
Me siento en las escaleras, esperando. "Nunca choveu que non escampara", diría Carmen. Estoy un rato así, mirando a los chinos con interés -un crío se lo está pasando bomba chocando dos piedras- cuando llegan dos chicas que se sientan delante de mí. La de la izquierda no tiene ningún interés: top demasiado ceñido que pone de manifiesto cruelmente unas ondulaciones altamente antiestéticas, pantalón demasiado corto, y sujetador color carne que se rebela saliendo por debajo de los tirantes.
La de la derecha es otra cosa. Rasgos asiáticos, pelo muy moreno recogido en una coleta improvisada... lleva un top suelto con la parte superior de la espalda al aire. Las gotas de agua se niegan a resbalar, no hay efecto de gravedad que las desprenda de su piel. Los chinos siguen montando su jaleo familiar, las chicas de al lado fuman y la señora china de la pareja independiente tira al suelo su cámara de fotos. Las gotas de agua siguen ahí, y yo no puedo dejar de mirarlas, ni siquiera cuando con un pañuelo de papel la chica empieza a secarse las piernas. Preciosas piernas. Y esas gotas de agua en su espalda, brillantes, que no me importaría beber, muy despacio, en esta tormenta imprevisible de verano.
2 comentarios:
Pablo, creo que tendrìa que hacer un romanzo sobre esta aventura americana...
A volte anch'io lo credo.
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