lunes, 16 de agosto de 2010

Mujeres...

Al entrar veo a Marisa. Nunca se ha presentado directamente, pero Marisa ha estado detrás del mostrador, anotando citas y cobrando desde que empecé a frecuentar la peluquería. Había dejado a mi peluquera de toda la vida, desde que tengo memoria, atraído por el toque fashion y por el nombre, pero sobre todo por las chicas espectacularmente guapas que vestían esos uniformes negros. Chicas que cuando te lavan el pelo te dan un masaje, te preguntan si el agua está demasiado fría y te ponen una bata de mangas anchas para que te sientas como un terrateniente japonés rodeado de geishas.
No son peluqueras, son estilistas. "¿Tienes preferencia por alguna estilista?", pregunta Marisa cuando entro. Nunca tengo preferencia por ninguna, todas son muy guapas. Esta vez tengo suerte: me toca la más guapa, la más perfecta de todas, con una larguísima melena negra hasta la cintura, una preciosa voz grave, ojos oscuros y muchas curvas en las que uno podría perderse como con un Lamborghini por la Costa Azul.

Son increíbles. Verlas trabajar detrás de la barra es como ver a un mago haciendo su número: unos pases por aquí, un juego de manos por allá, y de repente te estás tomando el mejor gintonic de tu vida. Son como David Copperfield haciendo desaparecer la Estatua de la Libertad, pero ésto tiene gracia. Daikiri, mojito, ginonic, martini... nombres que a uno le sugieren una buena noche por delante, aunque acabe en sitios poco recomendables después de haberse codeado con la clase alta en el nuevo local de moda. Codearse. La clase alta también da codazos cuando quiere ir al baño y uno está en medio del estrecho pasillo, disfrutando de su gintonic de Martin Miller's.
Las dos se mueven de una forma bastante frenética, agarrando copas, poniendo la licuadora en marcha, montando pequeñas frutas tropicales en los bordes de copas de martini. Agarran la piel de lima con destreza, sirviéndose de dos pinzas para retorcerla y sacarle todos los aromas. Usan una cucharilla larga para servir la tónica y sacarle parte del gas excesivo; utilizan frutas y esencias para hacer su magia. Mis amigas piden daikiris y mojitos.

Somos pocos. Yo, el único hombre en el grupo, afortunado como pocos de poder estar rodeado de mujeres bellas e inteligentes, cariñosas y sinceras. Se las puede querer de forma natural, se las puede abrazar, besar, incluso mirar sus pechos sin vergüenza y con descaro. Casi todo está permitido, porque sabemos que no pasa nada. Me están despidiendo, y es una noche en la que podemos decir muchas cosas y proponer otras, llevarlas a buen término o no, sin que el mundo se acabe y sin que parezca que todo se va a ir al carajo al día siguiente.
Nos queremos, es evidente. Nos sentimos bien, por la vuelta de la ausente, porque las otras tienen trabajo y porque yo me voy a hacer las Américas en un momento en el que Santiago ya no me dice nada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

jooo, me lo pasé muy bien esa noche!!
lo de mirar los pechos...en fin...no sé p quien lo dices!!!jajjajaaja

Anónimo dijo...

ese aninimo, obviamente...es tu eloisa