Hubo un tiempo en el que los ayuntamientos no eran excelentísimos; era el tiempo en el que las cosas del pueblo las trataba el Muy Noble Consejo Municipal. En este caso tengo en la mente al de Leipzig, que le concedió a Johann Sebastian Bach la plaza de cantor en la iglesia de Santo Tomás. Una decisión que aplaudirían generaciones de amantes de la música, incluso 260 años después de la muerte del pobre Johann, bendito sea su nombre.
El Excelentísimo Ayuntamiento de Monforte decidió, hace algún tiempo, cambiar la cara del pueblo. Gracias al Plan E y a las ayudas concedidas, los ediles de esta peculiar localidad decidieron renovar la imagen pública de la ciudad -si es que ciudad es un término aplicable a algo que dista mucho de ser Nueva York-, y se tomaron una serie de medidas que cambiaron para siempre el aspecto del pueblo -término mucho más adecuado- en el que uno creció tiempo atrás.
Empezaron por el tráfico, distribuyendo una serie de rotondas ridículas del tamaño de una alcantarilla grande. Siguieron las aceras, de una piedra gris e impersonal, como la de las fachadas de los edificios modernos, minimalistas, en los que la única diferencia con los nichos del cementerio radica en la presencia de ventanas. A continuación el mobiliario urbano: unas pérgolas de colores dónde debería estar una plaza con bancos, unos bancos futuristas de colores -me río de la Hundertwasserhaus de Viena- y enormes espacios de esa misma piedra gris que antes ocupaban fuentes.
Una ciudad gris, con farolas con lucecitas azules en las que puede leerse "Paseo de la Compañía", y que según mi amigo Antonio tiene como principal virtud la limitación de la contaminación lumínica.
Entre las víctimas que más recientemente han acusado el golpe está el sauce del parque. Era un árbol viejo, al menos tan viejo como mi memoria puede recordar y aún más, ya que no hay foto de bodas en la que la novia no posara bajo esas ramas ante la cámara del Arcadio. El árbol era un referente delante del Colegio -cuando se pone con mayúsculas no hay más colegio que el mío-, con su figura recortándose frente al ala Note del edificio imponente, enmarcando de forma única la fantástica mole de piedra.
Ayer me fijé en que sólo queda un tocón, de un color obscenamente claro, que indica lo reciente de la tala. Nadie parece haberse dado cuenta de la desaparición del sauce, que para mí era la encarnación de aquél que aparece en la canción que Desdémona canta en el Otello de Verdi. Era el sauce por antonomasia.
La Idea platónica que uno asociaba al concepto, y que desde ayer está huérfana para siempre, por muchos otros sauces que haya.
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