Desde que llegué la he visto todos los días, con el carrito de los helados, al lado de la biblioteca. Los días de calor agobiante y húmedo, sentada en un taburete alto, mirando a la gente y saludando cuando pasa a su lado, con una sonrisa que podría derretir todos los helados del mundo.
Suele llevar vestidos cortos, que dejan al aire unas preciosas piernas, bronceadas y suaves -así lo parecen-, todavía más perfectas cuando las cruza mientras lee, distraída, esperando que alguien se acerque a pedir un helado de fresa, vainilla o chocolate. No hay lugar para estridencias o sabores exóticos en ese carrito, al margen de la chica y sus ojos oscuros.
Ayer no estaba. Estuvo lloviendo todo el día y a nadie le apetecía pararse a comprar helados. La eché en falta al salir de la biblioteca, cuando miré hacia el paso de peatones junto al que está siempre, y no vi la silueta de la sombrilla del carrito entre los arbustos.
Hoy tampoco estaba. Llegó el otoño, y ya no es tiempo para helados ni para vestidos cortos.
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