Hay días en que la casualidad -el fatum, los dioses... lo que sea- junta el hambre con las ganas de comer y las cosas parecen sucederse con un orden lógico inexplicable. Hoy mi amigo Carlos me ponía un enlace en Facebook con una entrevista con Marc Fumaroli. Huelga decir que estoy bastante de acuerdo con este buen hombre, que además de no tener pelos en la lengua es bastante elegante y sutil.
Hace un momento un amigo me mandó un enlace con una performance, que es lo que hacen los modernos que se las dan de artistas rompedores: una tía medio en pelotas, moviéndose como una loca, mientras otra canta una canción -o finge que canta-, y un tipo se la pela en una ventana mirando las tetas de la ménade postmoderna. Cultura clásica, en definitiva: mujeres con los pechos al aire, música y un tipo al que se la ponen dura las tetas grandes. Valores inmortales de la historia de la humanidad.
Pero no es el único vídeo que me ha pasado. Hay otro con otra performance -no podía ser de otra manera-, en el que una chica abre una lata, lanza un discurso trasnochado sobre que el mundo es una mierda -cualquier adolescente puede hacer eso -everything is shit, y luego lo deletrea para que quede bien claro el concepto "mierda"-. Mientras tanto, de vez en cuando el de la cámara enfoca al público, que mira muy serio y se deja cautivar por la complejidad del espectáculo. Uno, que es un cabrón reaccionario y prejucicioso, no puede evitar sonreír con benévolo paternalismo al ver las pintas del respetable, entre el que abundan Fedoras, gafas de pasta, chalecos, y pintas de arties divinos de la muerte, convencidos de que su obra va a dejar una impronta imborrable en la Historia del Arte.
La seriedad y el estar concienciado son fundamentales a la hora de afrontar este tipo de obras. No se puede estar en el círculo si uno no se lo cree y no participa de ello: es la religión del siglo XXI, en la que todo se admite si lo dice el artista, incluso si el artista es un tarado, un imbécil, o simplemente un hijo de la gran puta. Pero volviendo a nuestra artista en ciernes, el show continúa: se raja los pantalones, pone una mano convenientemente situada, y micciona delante del público -supongo que los puestos de primera fila serán los más codiciados por si una gota del dorado elemento aterriza en su cabeza y les transfiere la esencia del genio, que evidentemente esta mujer posee en cotas desmedidas-.
Hay una joven de pelo oxigenado, maquillaje pálido y labios purpúreos que a todas luces está disfrutando con el espectáculo. No sé si por la total comunión con la denuncia allí expresada o simplemente por aquello de que siempre ha hecho gracia lo de "caca, culo, pedo, pis". Y mientras todo ésto tiene lugar, los jóvenes miran con arrobado embeleso el espectáculo y envidian el arrojo de la artista y la valentía. En mi caso sólo envidio su falta de vergüenza -y no por mear en público, que eso en Santiago por la noche está a la orden del día-, sino por atreverse a hacer algo que los dadaístas ya hicieron hace 90 años y dárselas de innovadora. Personalmente no le concedo mayor valor a los fluidos de Sophie Täuber que a los de Gabbi Colette, que así se llama la artista del vídeo, pero por lo menos en su momento puedo concederle el beneficio de la novedad -cabría discutir entonces si la novedad, por el mero hecho de ser novedad, añade un valor a la obra-.
En cualquier caso, un servidor -que no es creyente- difícilmente puede sentir admiración, ni siquiera comprensión, por este tipo de obras que aparentemente pretenden transmitir unos valores o denunciar la carencia de ellos. Cosa que no le sucede a toda la caterva de modernos que están allí delante, y que graciosamente le conceden su aplauso y gritos de entusiasmo. Aunque en sus caras y sonrisas se note que están esperando a que el listo empiece la ronda, para no quedar como unos auténticos gilipollas.
1 comentarios:
Te aplaudo (aunque si te hubieras referido a todas las performance en general, más)
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