martes 19 de octubre de 2010

El pasado llama a su puerta.

No me gusta cuando la gente decide colarse en tu vida a traición, de forma sucia y repentina, como un navajazo por la espalda en un callejón oscuro. Últimamente me he sentido bien, optimista, sin una sola nube que empañara un horizonte demasiado azul, y supongo que sólo era cuestión de tiempo esperar a que se presentara. La forma de la nube es de mujer, por supuesto.
Ojos oscuros, melena negra, y cinco años de mi vida en su haber, que acabaron de forma abrupta y sin más consecuencias cuando me cansé de tragar mierda. Lo cual, creo, me honra. Un día le eché un par de huevos, corté toda relación, borré números de móvil, eliminé contactos y decidí no volver la vista a atrás para lamentarme. Y lo cierto es que me fue bien. Me fue cojonudamente.
Cuando pude, que fue tarde, dejé que otra mujer se colara en mi vida, y aunque aquéllo tampoco funcionó, al menos soy capaz de no odiarla. Lo cierto es que la entiendo, aunque también haya desaparecido, y todavía la quiero en cierto modo. Y ahora, con un océano de por medio, me encuentro felizmente acompañado, hablando en lenguas bárbaras y rodeado de gente que tiene una tendencia malsana a freírlo todo.
En esta calma envidiable es en la que se ha producido la pequeña turbulencia, que en otros momentos de mi vida hubiera sido un auténtico tornado. Casi siete meses después -o quizás un año, no lo recuerdo-, esa mujer se ha dado cuenta de que no quiero ser su amigo y de que la he eliminado de una red social: le entristece ver que la rechazo como amiga, dice. Que utilice la expresión "rechazo" no debe ser casual, aunque dudo que se imagine lo que para mí significó en su momento. De todas formas, el rechazo le parece "curioso", y éso a mí sí que no me entra en la cabeza.
A mí me parece lo más natural del mundo, tal y cómo acabaron las cosas. No fue bonito ni fácil, pero supongo que es peor sentirse como una mierda y como un juguete en manos de una cría caprichosa, que sólo jugaba con uno cuando se aburría o no tenía otro perro que le ladrase, como la Princesa de la canción de Sabina. Y si no me equivoco, tal es la situación ahora mismo.
Igual que me parece una puñalada trapera el tono de la despedida -"Saludos de todos modos Pablo"-, que aún consigue hacerme sentir un poco incómodo, porque la verdad es que a lo largo de este tiempo me he enterado de su vida, aún cuando no quería hacerlo, a través de otras personas.
Pero en último lugar, lo que más me duele es que sé que es una de las mujeres a las que más he querido, y ahora me doy cuenta de ya no me importa nada, porque todo caduca. Hasta las personas.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Des-pechada; psicodélico

[v.M]