domingo, 31 de enero de 2010

J. D.

Cualquier cosa que diga sobre Salinger o lo que significan para mí sus libros resulta banal o incompleta. Además de que las sensaciones que poduce una obra de arte son por fuerza subjetivas, y pocas veces, si no se dicen con el 'arte' adecuado, resultan interesantes para el resto. Por eso me limitaré a decir eso de Sit tibi terra levis, y a esperar que los personajes a los que mató en sus obras (Allie Caulfield y Seymour Glass) lo reciban como a un padre pródigo allá dónde demonios quiera que estén.

jueves, 28 de enero de 2010

... y a veces mata.

"Me pasaba dos días sin comer. Leía a Byron. Leía Cumbres borrascosas. Me cambiaba el nombre para llamarme Heathcliff. Me tendía de espaldas. Me miraba los dedos de los pies. Tras lo cual me arrojaba al trabajo con renovada energía. Era Jay Gatsby. Daba muestras de una gran capacidad de recuperación. Seguía con mis asuntos. Por fuera era el afable personaje de siempre, y ¿quién habría podido imaginar que por dentro tenía el corazón hecho pedazos?"

Sam Savage, Firmin.

miércoles, 27 de enero de 2010

A veces da salud...

Es la mujer del hombre lo más bueno,
y locura decir que lo más malo,
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.

Cielo a los ojos, cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo,
por raro al mundo su valor señalo,
por falso al hombre su rigor condeno.

Ella nos da su sangre, ella nos cría,
no ha hecho el cielo cosa más ingrata:
es un ángel, y a veces una arpía.

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.

Félix Lope de Vega (1562-1635)

martes, 19 de enero de 2010

Por qué me cae mal Juan Manuel de Prada.

Vaya por Dios, a Juan Manuel de Prada no le gusta ser un hijo de su época, y dice que a lo máximo que ha aspirado como escritor y en lo personal es a huir de tal condición. A mí Juan Manuel de Prada me cae gordo (no es un juego de palabras), así que, puesto que los dos somos hijos de la misma época, me parece estupendo que quiera distanciarse tanto cómo sea posible de mi persona.
En primer lugar, no me gusta por una cuestión meramente literaria: no soporto cómo escribe. En su último artículo en XL Semanal -titulado "El honor de ser marciano"- repite hasta ocho veces la palabra 'discurso', dos veces recurre a la fórmula 'anacrónico o intempestivo' y, sobre todo, no soporto que utilice expresiones como aggiornando cuando quiere decir 'actualizando' o 'poniendo al día'. Tampoco me gusta el empleo de las comillas cuando quiere darle un doble significado a una palabra, casi siempre peyorativo. Por otra parte, hace que palabras naturales suenen sucias simplemente por su forma de emplearlas, y ésto es algo típico de los de su cuerda.
Además, resulta que me parece un pedante y un gilipollas. Pedante por la inclusión de citas bíblicas en cuanto le es posible. Gilipollas, porque es incapaz de hilar un discurso -guiño-coherente y porque su argumentación se pierde en un mar de oraciones relativas de oscuro significado. De ésto último él está orgulloso -y de ahí el título del artículo-, porque piensa que su redacción es de una calidad tan clásica y perfecta que sólo podría medirse con un Boscán, un Virgilio o un Petrarca. Así es cómo dice cumplir con su vocación de marciano, rebelándose contra las imposiciones de una época bárbara que ha contaminado la pureza primigenia del lenguaje y de las buenas costumbres.
Sin embargo hay que ver los buenos resultados que ese lenguaje de nuestra época le ha dado a escritores como Pérez-Reverte, García Márquez, Eduardo Mendoza y tantos otros. Escritores que se han preocupado con realismo por la vida diaria y que han sabido reflejarla de forma que cualquiera puede verse en sus obras. Nadie en su sano juicio le negará la falta de honor, de consecuencia y de extraordinaria lucidez a los personajes de Pérez-Reverte, la poesía sutil de los de García Márquez, y el humor de un Plauto redivivo en aquéllos creados por Eduardo Mendoza.
Pero al amigo Juan Manuel de Prada se la trae floja el sermo humilis -no sólo saben latines los que escriben en L'Osservatore Romano- y prefiere, como Góngora y Umbral, una perfección retórica que está más allá del alcance de los simples mortales. Yo, que soy uno de esos simples, prefiero conformarme con poder llamarle cabrón a alguien que me hace una putada, prefiero decir que puedo echar un polvo a hacer abstracciones sobre la moralidad de mi época -los moralistas siempre han sido una panda de meapilas pasados de frenada-, y me gusta decir que me paso por el forro ciertas cosas antes de tener que justificarme sacando citas de los Evangelios.
Pero claro, éso lo hago yo, que no siento 'la esclavitud de ser un hijo de mi época'. (Será gilipollas...)

lunes, 18 de enero de 2010

Play it again, Sam...

From all sad words,
of tongue and pen,
the saddest are theese:
"It might have been."

John Greenleaf Whittier (1807-1892), Maud Muller.

jueves, 14 de enero de 2010

Galician drunken songs (Part II)

A saia da Carolina (The skirt of the little Carol):

The skirt of the little Carol,
has a lizzard painted.
When the little Carol dances
the lizzard "gives to the tail".
Did you dance, little Carol?
I danced, yes sir.
Tell me with who you danced.
I danced with my love.
Bis.
The little Carol is a crazy
that everything makes upside down;
she dresses by the head,
and gets naked by the feet.
Did you dance, little Carol?
...
The Mr. priest doesn't dance
because has a crown.
Dance Mr. priest, dance,
that God everything to you forgives.
Did you dance, little Carol?
...
Into little Carol's barn
does not enter closed cart,
only enters little Carol
with her pig by the tail.
Did you dance, little Carol?
...
With your love, little Carol,
don't return to dance,
because to you he lifts up the skirt
and it's very bad to put down.

domingo, 10 de enero de 2010

Galician drunken songs (Part I)

Éche un andar miudiño (It's to you a little walk):

It's to you a little walk, little, little,
little, little, the one I bring.
Bis.
I bring a drunkenness of wine,
that I don't drink water,
look, look little Maruja, look,
look how I come.

miércoles, 6 de enero de 2010

"Guillermo quiere a Margarita".

Noche de Reyes a las 6,30 de la mañana y yo en modo lechuza: con los ojos como platos, incapaz de quedarme dormido, decido ver una película. Repaso lo que hay en la estantería: nada clásico porque a esas horas la versión original se me hace cuesta arriba -ya pasaron 2 horas desde el momento Jack Llemmon y además aquí no es lo mismo-; ahí está la colección de cine español de El País: veo Del rosa al amarillo, de Manolo Summers, y como me han hablado de ella últimamente decido que ésa.
Me cae bien Guillermo, porque es un pardillote que se enamora de la guapa y porque tiene unos amigos geniales que le dan patadas a un guardia de la porra. Sorprendentemente, la cosa con Margarita al principio le sale bien: se quieren mucho aunque siempre haya un balcón de por medio con una abuela (el propio Summers travestido, parece ser) que encierra a la niña en casa para evitar que se eche novios, porque aún es muy chica. El problema es que después del verano Margarita vuelve de la playa y se cruza a Guillermo por la calle sin dirigirle una sola mirada: la cara de estúpido que se le queda al pobre es antológica. Después baja la "Ratona" a devolverle a Guillermo una pulsera que le había regalado antes de vacaciones, con el bonito mensaje de que Margarita tiene un novio de 18 años que se llama Germán -hay que joderse, Guillermo...-.
En ese momento odié a Margarita con todas mis fuerzas. Margarita fue una zorra, de 13 años, pero zorra, que se rió de Guillermo lo que le dio la gana y un poquito más, y encima cobarde como un conejo, porque no tuvo agallas de decirle "mira enano, ahí te pudres" a la cara.
Guillermo se va a casa, y estudia matemáticas sobre un libro en el que hay un corazón con sus nombres, y hace lo que cualquiera haría en esos casos: con tremenda dificultad borra el nombre de Margarita que está bajo el suyo. Y la caga, porque a continuación se arrepiente y vuelve a escribirlo.
Yo pensaba que por lo menos Guillermo, y todos los críos de antes, tenían el consuelo de poder borrar el nombre de esas bichas de sus libretas e incluso la satisfacción de poder mancharse de tinta en el proceso, como una especie de baño liberador y de elixir contra los fantasmas. Ahora como mucho podemos borrar un nombre de la agenda del móvil, y aunque no cuesta lo mismo se nos acaba quedando la misma cara de gilipollas que al pobre Guillermo.