jueves, 25 de marzo de 2010

Necesidades.

Creo -hasta dónde yo sé- que lees ésto de vez en cuando. También creo -también hasta dónde yo sé- que has sentido acuse de recibo cada vez que he escrito algo que te afecta, asustándote o no, de esa forma que según tú te ha llamado la atención desde que me conoces, con esa extraña forma de emplear las palabras.
Te preguntas cómo puedo usarlas así. Cómo puedo elaborar semejantes conexiones que a veces parecen hablar de ti misma. Y es porque en realidad es así. Porque hablo de ti y porque eres tema recurrente al que acudir, aunque sea de forma inconsciente, cada vez que intento dejar la mente en blanco, con ganas de mandar a tomar por saco a todo el mundo. No lo hago, porque un chico bien educado, persona de bien, académicamente sobresaliente, no debe hacer esas cosas. Son demasiado rompedoras. Jesús, qué cosas tiene el niño.
Paseo, de una forma incongruente, dando tumbos por calles mal asfaltadas, a veces descubriendo paisajes nuevos en esta maldita ciudad, que me reconcilian con el mundo y me alegran el día. Ayer mismo, cuando toqué fondo y sentí derrumbarse todo aquéllo a lo que podía asirme hasta ahora, encontré un lugar encantador frente al Carmen de Abajo, con un par de bancos bucólicos junto a un puente de piedra, al lado de un arroyo.
Me senté un rato, largo, como si no hubiera nada más en el mundo que yo, el arroyo, el banco, y el puente de piedra. Algún corredor con mallas ajustadas se me quedó mirando, considerando si era un tarado a punto de arrojarse al arroyo y de hacer una estupidez -no debe cubrir más de medio metro en la zona más profunda- o un simple tipo cansado de pasear, con los auriculares atronando la marcha fúnebre de la 3ª de Beethoven. Todo un clásico.
Consideré mis necesidades. Al final del paseo llegué a casa y me quedé dormido en el sofá, hasta las 6 de la mañana, abrazado a una almohada y con la pantalla del ordenador en blanco, porque el capítulo de la serie que estaba viendo se quedó a medias, entre sueño y sueño y abrazo y abrazo, susurrando tu nombre, sin gota de alcohol en sangre y con demasiados anhelos a la espalda. Sentí la necesidad de acariciar tu pelo y de sentir la piel de tu espalda, la suave hendidura de tu ombligo y tu mano acariciando mi cara, mientras estás tumbada a mi lado, la noche en silencio y la puerta de la minúscula habitación cerrada, como si tuviéramos miedo a que nos sorprendieran en un horrible acto reprobable.
Necesidades que me parecen básicas, y a las que no estoy dispuesto a renunciar. Aunque el mundo se empeñe en decirme lo contrario. Y por éso se ha ganado mi desprecio y mis ganas de mandarlo a tomar por saco.

martes, 23 de marzo de 2010

un trozo de papel


a la derecha
una ciudad
una fecha


luego un nombre
al margen de la izquierda


más abajo palabras
la grafía
cada vez más nerviosa 
y más compleja


al llegar la firma
suspensivos


no hay saludo
posdata


ni respuesta...


Alberto Gustavo Amoroso, Epistolario

lunes, 22 de marzo de 2010

Criaturas peligrosas.

Son muchos, y fáciles de identificar: en la carretera van delante, en coches viejos -de 10 a 15 años, cuando no más-, siempre a la mitad del límite máximo de velocidad, invadiendo el carril contrario en las curvas y sin utilizar jamás los intermitentes que, como es bien sabido, es cosa de mariquitas.
Desde atrás se distingue la figura de la boina, recortada contra un cielo gris plomizo que no augura nada bueno. De vez en cuando se mueve de forma lenta y meditada, para mirar por el retrovisor, confirmando que uno es un jovenzuelo con prisas que no respeta nada. Un gamberro, en suma.
Cuando hay un carril para vehículos lentos se mete rápido, sin señalizar, y al pasar a su lado lo vemos con claridad: camisa, jersey, boina, y al lado la parienta, que es pequeñita y regordeta y por eso no la distinguíamos cuando íbamos detrás.
El paisano mueve la boca, probablemente cagándose en todos los santos y alegrándose de que no vayamos detrás, porque aunque mantengamos una prudencial distancia por si las moscas, va pensando que le metemos prisa y que a ver dónde está el fuego.
Suspiramos aliviados al dejar al paisano, en su Seat Panda a 60 por hora, mientras sube trabajosamente el Faro. Pasamos como una exhalación a su lado, aunque sabemos que la alegría va a durar poco. Más adelante, y cada vez más cerca, a un ritmo alarmante, se ve un coche sin carnet, que se incorpora cuando acaba el segundo carril, justo antes de una hermosísima doble línea continua. Con dos boinas contra el cielo gris. Y vuelta a empezar.

lunes, 15 de marzo de 2010

Rosa.

Ahora, que aún hace frío por las noches, lleva un abrigo largo color beige con un remate de lo que parece piel de algún bicho, de ésos que nacen destinados a dar su vida por la alta costura. En este caso sólo lo parece, tiene que ser algún tejido barato y sintético.
Lleva siempre un sombrero, a veces blanco con cinta negra, a juego con el abrigo; a veces negro con cinta blanca, como una mafiosa de los años 30. Siempre muy masculinos, transmiten un aspecto de dureza que se corresponde con su voz grave.
Tiene modales educados y de vieja escuela. Se aproxima con discreción, igual que fuma, ofreciendo los productos de su cesta y aceptando igualmente un euro que un "no, gracias". En su cesta siempre es primavera, llena de claveles rojos y blancos. Claveles naturales, y no rosas de papel como las que ofrecen esas chinas que siempre sonríen y que lo mismo sacan la espada láser de Darth Vader que un pato chillón al que se le mete la mano por el culo.
Rosa es mayor. Lleva el pelo recogido en una coleta, negro como el azabache. Racial, sería la palabra. Maquillada sin excesos, elegante cómo ella sola a la hora de recorrer los bares y de lidiar con borrachos y alguna gente de bien.
Una constante en las noches de Santiago que ya no son lo que eran, y que probablemente nunca lo fueron.

viernes, 12 de marzo de 2010

Lecturas obligatorias para una mañana no tan perfecta.

-Iseo, bella amiga, qué diferente es vuestra vida. Vuestro amor está tan lejos que sólo me causa confusión. Por vos pierdo la alegría y el placer, y vos lo tenéis día y noche; mi vida transcurre con dolor, y la vuestra entre deleites y amor. No hago nada más que desearos, pero vos no os priváis de tener gozo y consuelo y de conseguir vuestro placer. 
A causa de vuestro cuerpo estoy sufriendo, pues el rey es quien os proporciona felicidad y él consigue el goce y la satisfacción de lo que antes fue mío y ahora es suyo. Renuncio a lo que no puedo tener, pues bien sé que el rey se deleita con Iseo y ella me ha olvidado porque goza con él. Está en mi ánimo el despreciar a todas las mujeres a cambio de tener únicamente a Iseo; y ella no me quiere confortar, aunque sabe mi gran dolor y la angustia que tengo a causa de su amor porque hay otra mujer que me desea y esto me atormenta. 
Si no estuviera tan acuciado por mi amor soportaría mejor el deseo, y si a ella no le preocupa yo dejaré de obsesionarme. Ya que no puedo conseguir mi deseo debo hacer todo lo posible; ésta es mi decisión, pues así se comporta quien no puede hacer más. ¿Para qué sirve esperar tanto y desear siempre sus favores? ¿De qué vale mantener un amor del que no te puede llegar ningún bien? He sufrido por su amor tantas penas y dolores que bien puedo renunciar a él: no me sirve de nada perseverar. Ella se ha olvidado de mí y sus sentimientos han cambiado.
¡Dios mío, buen Padre, rey celestial! ¿Cómo ha podido cambiar de este modo? ¿Por qué ha cambiado, si aún hay amistad entre nosotros? ¿Cómo ha podido dejar de amarme? Y yo de ningún modo puedo hacerlo. Yo sé que si el amor hubiera desaparecido de mi corazón, el suyo lo sabría, porque todo lo que ella hizo, bueno o malo, mi corazón lo supo al instante. He sentido en mi corazón que el suyo me ha retenido y me ha reconfortado todo lo que ha podido.

Tristán e Iseo, Tomás de Inglaterra (ca. 1150-1200)

jueves, 11 de marzo de 2010

Poésie française pour un soir parfait.

Cruelle, à quel propos prolonges tu ma peine?
Qui t'a sollicitée à renouer ma chaîne,
Quel démon ennemi de mes contentements
Me vient remettre encore en tes enchantements?
Mon mal allait finir, et déjà ma pensée
Ne garadait plus de toi qu'une Image effacée,
Ma fièvre n'avait plus que ce frisson léger,
Qui du dernier accès achève le danger:
Encore un jour ou deux de ton ingratitude,
Et j'allais pour jamais sortir de servitude,
Ce n'était plus l'Amour qui guidait mon désir,
Il m'avait achevé sa peine et son plaisir.
[...]
Pardonne à ma fureur une importunité,
Qu'elle ne te fait point avec impunité:
Car je veux que le Ciel m'accable du tonnerre,
Si toujours ma raison ne lui fait point la guerre,
Et je crois que le temps m'assistera si bien,
Qu'enfin j'accorderai ton désir et le mein.

Téophile de Viau (1590-1626)

miércoles, 10 de marzo de 2010

Un frío que corta.

Hace un frío espantoso al salir del cine. Me subo la bufanda y cierro un poco más la chaqueta, agradeciendo el haber subido a casa a por la cazadora y los guantes, antes de entrar a tomar algo a un bar en el que ponen churrasco gratis de tapa. Joie de vivre en estado puro.
La película nos deja mal cuerpo; demasiadas desgracias, demasiada carga emocional y un abuso flagrante de una estética de la fealdad, en la que cada plano es como un puñetazo dirigido con implacable certeza a la boca del estómago. Demasiada crueldad, moraleja y redención. Y no tengo el día para mensajes esperanzadores.
Me despido de Paula enfrente de Follas Novas y me pongo los auriculares para aislarme y protegerme un poco del frío, al menos del de dentro. La Schwarzkopf y la Ludwig cantan porque sus amantes se van al campo de batalla y las dejan solas en Nápoles. Les dará igual cuando se presenten disfrazados de albaneses y a ellas se les haga el culito gaseosa, olvidándose de las promesas de amor eterno.
No me cruzo con un alma hasta pasada Calderería. Unas cinco personas están paradas en medio de la calle, mirando con sorpresa un mar de vidrio delante de la fachada de El Correo Gallego. Como si un enorme monstruo de cristal hubiera eyaculado delante del edificio. Alguien se ha cargado las puertas de cristal de la redacción. En medio del desastre están los tiradores de hierro, cubiertos de pequeños pedazos de cristal que parecen diamantes. El tesoro de los Spada esperando al Conde de Montecristo, pienso.
Al fondo de la calle se ven dos luces azules intermitentes. Llega un primer coche de policía, e inmediatamente detrás aparece otro. El policía copiloto se va rascando la nariz mientras bosteza. Yo sigo subiendo, después de que Fiordiligi y Dorabella les hayan deseado a sus amantes que los vientos sean prósperos y tranquilas las olas del mar.
Llego a casa, y al abrir la puerta me invade una sensación de calor. Aquí se está bien, me espera mi cama con sus capas de ropa, una taza de leche caliente y un libro. En el ordenador veo que alguien me ha hablado por el Messenger mientras estaba fuera; me ilusiono. Me acerco y veo que sólo era Antonio. Me decepciono considerablemente y me llena un sentimiento de apatía. Me enfado conmigo mismo y decido irme a la cama.
Antes tengo que coger el libro que estoy leyendo. Siempre que me acuesto leo. Siempre que me acuesto solo, leo; si no, no me duermo. El problema es que últimamente leo demasiado.

sábado, 6 de marzo de 2010

Par piacere ed è tormento.

Suena el móvil: mensaje. Me despierto con un dolor atroz en la cabeza, como si algún enemigo desconocido  me martilleara con inusitada fuerza las sienes por el mero placer de provocarme una horrorosa jaqueca. Aparto con delicadeza un brazo que me rodea y abro los ojos, pero no soy capaz de reconocer la habitación: pósters en la pared de un tío con el pelo largo y barba, torso desnudo bajo una guitarra y letras rojas; pocos muebles, entre ellos una mesa de escritorio, consistente en un tablero sobre dos caballetes y un armario que parece salido del decorado de Cuéntame; en la pared de enfrente, fotos con demasiados rostros para considerarlos individualmente, son una masa.
El brazo pertenece a una chica. Levanto las sábanas porque me puede la curiosidad: está desnuda. No recuerdo cómo se quitó la ropa, pero quiero pensar que se la quité yo y que ella se dejó hacer, poco a poco. Sé que no pudo ser así. Llegamos al portal borrachos perdidos y un poco necesitados, de afecto o de sexo rápido y sin más complicaciones; lo que quiera que sea que cada uno vio en el otro.
La cubro de nuevo con la sábana. Al tacto, es un tejido barato y sintético, de color crudo, por lo que se ve con la poca luz que se cuela a través de una persiana no bajada del todo. No hubo tiempo para los detalles: ni velas, ni música suave, ni pétalos de rosa sobre la cama. La habitación aún huele a sudor y a alcohol, además del perfume dulzón y a la vez amargo del sexo, que se incrusta en el fondo de las fosas nasales y se niega a desaparecer cada vez que inhalo una bocanada de aire.
Me incorporo ligeramente, difícilmente, porque ella me ha vuelto a abrazar sin que yo lo quisiera, y veo ropa esparcida alocadamente por el suelo. Lujuriosamente, sin orden ni concierto, como la situación en general. Veo mis pantalones encima de una silla, decorosamente doblados; el jersey yace en el suelo, al lado de la cama, hecho un guiñapo. No veo calcetines por ningún lado, son demasiado pequeños como para darles importancia y no los busco siquiera con la mirada.
Ella levanta un brazo y me requiere bajo las sábanas. Hace un ruido extraño, gutural, consciente a medias de que hay alguien a su lado; sé que quiere que le devuelvan ese abrazo dulce y a la vez terrible del día después, que ata con inexorable fuerza, como una soga con trece nudos. Pienso que se lo debo, de una forma u otra, y me vuelvo a acostar, tendido a su lado. Me rodea con una pierna suave y la presión me hace ser un poco más consciente.
Giro sobre mí mismo y le paso un brazo por la espalda; decido dormirme de nuevo, y que sea ella la que me despierte y decida el momento en el que echarme de su cama. Cuando se han adquirido ciertas costumbres es muy difícil deshacerse de ellas.

lunes, 1 de marzo de 2010

Nada.


Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y en tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.


Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)