sábado, 24 de abril de 2010

Puñetazos en la cara.

En una ocasión, quise enamorarme a la fuerza; incluso fueron un par de veces. Señores, ¡pero si yo sufría! ¡se lo aseguro! Y aunque en el fondo del alma me parecía mentira que sufriera, pues la burla estaba presente, a pesar de todo sufría, y encima sufría auténtica y verdaderamente; sintiendo celos y poniéndome furioso... Y todo ésto lo hacía porque me aburría; la inercia aplasta a uno.

Memorias del subsuelo, Fiódor M. Dostoievski (1821-1881)

sábado, 17 de abril de 2010

El fatum.

Nada más llegar a casa me encuentro sobre el escritorio el último libro que había pedido: Las ilusiones perdidas, de Balzac.
Lectura para días grises, aunque salga el sol.

jueves, 15 de abril de 2010

Reunión de pastores...

Mi amigo Carlos tiene la teoría de que cuando en un concierto hay azafatas la cosa va a resultar un fiasco. Incluso cuando las azafatas están muy buenas, hay detalles que acaban por hacer que apartemos los ojos de sus bondades para fijarnos, irremediablemente, en un gordo con traje de raya diplomática y corbata ancha de un descarado e irrespetuoso color fosforescente.
Es el "ambiente de mamoneo" que hay en estos saraos, especialmente cuando lo que menos importa es el concierto y sí el dejarse ver y el hacerse notar. Por eso ayer había en el auditorio una serie de gente que en su vida lo ha pisado y a los que Cecilia Bartoli les suena a dueña de pizzeria o a tetona presentadora de la RAI1.
Curiosamente estos paletos de corbata son el público más entusiasta y entregado -siempre y cuando lleguen al final del concierto, no como el Presidente que se marchó tras la primera parte dejando solo al conselleiro Desván de los monjes- y aplauden como si les fuera la vida en ello. Ya comenté una vez lo burros que son estos que se ponen el traje para "ir a la ópera", creyéndose que están en una noche de estreno en el Metropolitan. Además de no tener ni idea de qué va el asunto musical se comportan de una forma exagerada, con mucha sonrisa, mucha carcajada y mucho pasearse de arriba a abajo, cargando la atmósfera con colonias, pelos engominados y a veces olor a sobaquillo mal disimulado, que hacen pensar que el fantasma del estilismo tipo Mario Conde está más vivo que nunca.
Lo malo de todos estos es que se juntan y se apoyan unos a otros, y al final acaban en pie ovacionando, desgañitándose por soltar un "Brava!" que les habría salido igual, tanto si la Bartoli hubiera cantado como los ángeles, como si hubiera recitado la alineación del Real Madrid. Y así es cómo son capaces de joder un concierto, Sus Señorías.
Después se saludarán, dirán que menudo éxito el Xacobeo Classics 10 -sin comentarios- y que cuánta cultura han traído a Galicia, supongo que citando mal los nombres -todavía resuena el eco del "Carmina Burana, esa gran soprano gallega" de Pérez Varela- mientras se zampan unos camarones, una tortilla con ensalada y ponen Wagner de fondo. Porque a pesar de todo, son humildes.

lunes, 12 de abril de 2010

Paseos nocturnos.

Hace frío, pero necesitaba salir de casa y pasear para que me diera el aire, así que quedé en pasar a buscar a un amigo para tomar una caña; más que nada por tener la excusa de hacer algo, y no salir a andar sin rumbo fijo. Había visto unas cuantas películas de adolescentes americanos, universitarios borrachos rodeados de tías buenas, esperando que me pudrieran un poco el cerebro y que me impidieran pensar demasiado.
Atravesé San Pedro mirando al frente y sin pararme, sólo como un trámite hasta llegar a Fontiñas. Me impedí darle vueltas a la cabeza a escasos 5 metros de esas escaleras que nunca se acaban, concentrado en las piedras del suelo y esquivando gente rara, e igual sólo fui capaz de hacerlo porque llevaba fresco el pudrimiento cerebral después de ver Van Wilder: Animal Party.
Después tomé esa caña, sin ganas, hablando con el chavalín de tetas, culos, y cantantes americanas modernas "que no cantan un carallo pero que están todas buenísimas". Me distrajo bastante y nos echamos unas risas. Más o menos una hora más tarde habíamos terminado nuestras cañas y nos fuimos, porque yo tampoco estaba demasiado chisposo y aquí el colega tiene hoy concierto.
Nuevamente tuve que atravesar San Pedro. Lo de no pensar no funciona -al menos a mí no me funciona-, así que me dejé llevar y me concentré, fijándome en los detalles de esa calle que recorrí unas cuantas veces sin fijarme nunca en ella. Disfrutando conscientemente, como una especie de autoflajelación. Por primera vez vi a la señora del kiosko de San Pedro, removiendo revistas un domingo a la 1 de la mañana; me fijé en bares de señores mayores preguntándome cuál sería el famoso Javichi -debería ser uno de un señor gordo que mira la tele con los parroquianos-, y me quedé embobado con el cartel de una tienda de muebles juveniles, en el que un niño abierto de piernas y con los brazos estirados, como el hombre de Vitruvio de Leonardo, tiene la cara más triste del mundo.
Para estar en abril hace frío y no había vagabundos durmiendo en los bancos de la plaza con el cruceiro -me enteré ayer de que se llama Plaza 8 de marzo-, pero había un tipo muy raro mirando un cartel al lado de una señal y pensé que quizás podría ser el exhibicionista aficionado de los tres intentos.
De repente, habiéndome fijado en todos esos detalles que siempre se me habían escapado, caí en la cuenta de que encima de esas escaleras interminables hay un bloque de piedra en el que está esculpida una preciosa señal de dirección prohibida. Y sonreí cínicamente, pensando que a veces los dioses tienen un sentido del humor realmente retorcido.

lunes, 5 de abril de 2010

Fe de erratas.

Me retracto de (casi) todo.

sábado, 3 de abril de 2010

Cartas a Ophélia.

Todas las cartas de amor son 
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen 
ridículas.


También en mi tiempo escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.


Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.


Pero, al final,
sólo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son las que son
ridículas.


Álvaro de Campos (heterónimo de Fernando Pessoa, 1888-1935)