domingo, 25 de julio de 2010

Galician drunken songs (Part V)

Clavelitos (Little carnations)

Little girl, give me the carnation,
the carnation of your mouth,
that for that you don't have to have
a lot of shame neither a little.

I will give you the rattle,
I promise to you, little girl,
if you give me that honey
that you take in that little mouth.

Little carnations, little carnations,
little carnatios of my heart,
I bring you today little carnations
red like a big strawberry.
If someday little carnations
I could not achieve to bring to you,
don't you think that I don't love you,
it was because I couldn't take them.

The afternoon that to middle light
I saw your little mouth of morello cherry
I haven't seen in the Holy Cross
another little girl prettier.

And then, when seen the carnation
that you brought in your hair,
looking at it I thought to see
a little piece of sky. 

Little carnations, little carnations,
little carnatios of my heart...

sábado, 17 de julio de 2010

Galician drunken songs (Part IV)

A Rianxeira (The girl from Rianxo)

The Virgin of Guadalupe
when goes by the riverside,
little barefoot on the sand,
She looks like a girl from Rianxo.

Little waves come, little waves come,
little waves come and go;
don't go away, girl from Rianxo,
that you're going to get queasy.

The Virgin of Guadalupe
when came to Rianxo,
the boat that brought Her
was made of stick of orange tree.

Little waves come, little waves come...

The Virgin of Guadalupe
who made Her tanned
was a sunlight ray
that came through the little window.

Little waves come, little waves come...

miércoles, 14 de julio de 2010

El rosa no adelgaza.

Hay una especie de ley de Murphy de la moda que se cumple con inexorable certeza: allá dónde se produzca una reunión más o menos numerosa, con algún motivo social más o menos elegante, habrá una gorda vestida de rosa.
Lo del motivo social más o menos elegante es secundario, pero suelen ser especialmente proclives como caldo de cultivo las bodas y actos de licenciatura. Las bodas, además de ser un acto soez lleno de un optimismo imbécil, aportan el agravante de los sombreros a juego. Y si es con lazo se llevan el primer premio con mención de honor por parte del jurado.
El otro día me quedé pasmado, esperando a que saliera el vuelo, cuando vi pasar a un grupo de señores y señoras africanos y africanas, vestidos y vestidas con ropas llamativas en el contexto altamente europeizado que se supone es el aeropuerto de Madrid-Barajas. Digo supuestamente porque ya sabemos que, según Dumas, "África empieza en los Pirineos", así que para el ilustre gabacho los raros somos nosotros. 
Lo que inmediatamente llamó mi atención y me hizo levantar la vista del libro no fue el grupo ruidoso, sino la mole rosa que se contoneaba como una nube gigante o un Frigopié de dimensiones apocalípticas. Sin duda era la más voluminosa del grupo y la que llevaba un rosa más puro e inmaculado.
Quedó demostrado así que el rosa y el volumen son conceptos que se asocian y que han trascendido, o quizás hemos importado en Occidente. No hay cultura que se libre de la asimilación cromática, ni siquiera Modas Maruja ha podido salir del círculo vicioso -y nunca mejor dicho- del rosa; incluso los dibujantes japoneses de Dragon Ball hicieron rosa al Bu original, que era una mole y que amenazaba a sus enemigos con transformarlos en un "biscoito de nata, mmmm". 
La ley del Murphy de la moda es incontestable. No hay objeción posible ni forma de escapar a su certeza; y sólo encuentra semejante grado de acierto en la que dice que al lado de la gorda vestida de rosa, irá una esquelética de negro llevando un Gucci más falso que el buen gusto de su compañera.

viernes, 9 de julio de 2010

Gente del metro.

Viaje hasta el aeropuerto. En el asiento de enfrente se sienta una pareja; la cara de él se me hace conocida sin saber muy bien por qué ni a quién me recuerda. Parece joven, más joven que ella, aunque probablemente no lo sea. Lo que pasa es que la mujer tiene ojeras y cara de cansancio, y la mirada vacía, con unos enormes ojos claros cuyas pupilas parecen extraviadas, fijadas en un punto indeterminado.
No hablan. Él intenta decirle algo, pero ella sólo responde con un "¿qué?" desinteresado, sin apartar la mirada del punto que escogido de forma inconsciente.
No hablan, pero la mujer no aparta la mano de la pierna del chico, y así permanecen todo el viaje.
Al lado de su cabeza, hay un cartel con unos versos de Agustín Fernández Paz:

Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco
de la tristeza.

lunes, 5 de julio de 2010

La luz fantástica.

Dura poco tiempo. Quizás media hora, no más, y es la típica luz dorada de última hora de la tarde, propia de finales de junio y principios de julio. También es la luz dorada que siempre he asociado a Roma, porque los edificios de Roma están pensados para relucir como el oro, con la luz adecuada y la perfecta combinación de sombras, en su justa medida. Sombras que generan las cornisas barrocas y las columnatas, las esculturas y las fuentes que decoran las mil plazas y callejas.
Incluso las moles medievales del Palazzo Capranica o la Torre della Scimmia son casi doradas a última hora de la tarde, que es cuando apetece pasear y meterse por rincones extraños, sin turistas, dónde se encuentran patios llenos de hiedra que parecen abandonados, y uno recuerda entonces a los Finzi Contini, encerrados en su jardín.
La luz dorada da un aire extraño e irreal, de semidiós, a la estatua ecuestre de Marco Aurelio, al que cambiaron por una copia hace unos años, encerrando al original y privándolo para siempre de volver a sentirse uno más en el panteón romano. El Capitolio, sin embargo, sigue produciendo ese efecto absorbente con sus palacios rosados y las columnas blancas, que por la noche destacan como el mármol blanco de Porta Portese entre los restos de las destartaladas murallas de ladrillo.
También las iglesias de Roma son doradas por dentro: el órgano y la tribuna de Sant'Antonio dei Portoghesi,  el techo de Santa Susanna o Santa Maria in Trivio; el baldaquino de San Pedro, por supuesto, pero también el mármol blanco de la cantoría de San Clemente y los mosaicos de San Pablo Extramuros. Incluso las iglesias menores, como Santa Maria in Via Lata, a la que nadie presta atención pese a estar en plena Via del Corso, porque se la roba el Palazzo Doria-Pamhilj, que tiene al lado; o la fachada, de un barroco clásico y demasiado contenido, de San Giovanni dei Fiorentini, en la que descansan para siempre Borromini y Carlo Maderno, sin los que Roma sería indudablemente menos dorada.
Incluso el efecto espantoso del Vittoriano, a última hora de la tarde, parece mitigar mínimamente sus proporciones megalómanas y el hecho de que los foros fueran destrozados para trazar la Via dei Fori Imperiali, buscando la visión perfecta del Coliseo desde Piazza Venezia, para que Mussolini, al contrario que Marco Aurelio, pudiera sentirse un poco más semidiós.
Los palacios también relucen: la fachada lisa y sin estridencias del Palazzo Farnese, dominando su plaza como un gigante severo. No puedo dejar de pensar que ese edificio, pese a su color pastel, siempre me ha parecido  terriblemente ominoso, la casa perfecta para un Scarpia despiadado ante el que temblaba toda Roma. Reluce también la fachada recargada del Palazzo Spada, en la Piazza Capo di Ferro, o la galería pintada por Pietro de Cortona en el Palazzo Pamphilj, que se ve desde Piazza Navona.
Reluce toda Roma porque ha sido creada de tal forma que parezca de oro, que sus edificios refuljan como los dorados de las vestiduras papales y los ornamentos litúrgicos, las carrozas que una vez transportaron a los miembros de la nobleza por la Via del Corso o las barcas que desembarcaban en el ya desaparecido Porto di Ripetta. Porque toda Roma es un inmenso escenario. El escenario más realista y a la vez fantástico del mundo: por éso es dorada, como los grandes teatros de ópera.