lunes, 30 de agosto de 2010

Galician drunken songs (Part VI)

O voso galo, comadre (Your cockerel, godmother)

Your cockerel, godmother, they have it bad taught (bis)
He goes to sing everynight over my roof,
over my roof aylalelo aylalalo.

To come to me, to come to me,
go to wash your face, go to wash your face,
go to wash your face little gallop.

I wanted to get married, my mother I have no clothes (bis)
Get married, my daughter, get married, that one leg covers the other,
that one leg covers the other aylalelo aylalalo.

To come to me, to come to me...


Your mother and mine remain in the river shouting, (bis)
for the blame of a hen that has loves with the cockerel,
thet has loves with the cockerel aylalelo aylalalo.

To come to me, to come to me...

lunes, 23 de agosto de 2010

La tormenta de verano.

Salgo de la galería. Hace un calor espantoso, que te golpea en todo el cuerpo nada más abrir la puerta; el cielo está gris y no augura nada bueno. La gente va en pantalones cortos, con sandalias, camisetas sin mangas... al lado del monumento a Washington se agrupan personas deportistas que han salido a correr a lo largo del estanque que va hasta el Lincoln Memorial.
Se nubla un poco más, y la humedad del ambiente se pega de una forma horrorosa. De repente empiezan a caer unas gotas. Voy por detrás de The Elipse, con la Casa Blanca a la derecha y el imponente Edificio Eisenhower a un lado. Parece recién trasladado de París por uno de esos americanos locos de principios del siglo XX que se traían castillos y capillas románicas.
Llueve con más intensidad y por un momento me refugio debajo de un roble enorme; no es suficiente. En el momento que salgo de debajo de las ramas empieza a diluviar y me pilla de lleno. Ando más rápido, para llegar al pórtico del Constitution Hall. Hay un montón de chinos a los que también les ha pillado la tormenta, una pareja también de chinos, pero independientes, y dos chicas que por la forma de encenderse mutuamente los cigarrillos y las miradas me parecen más que amigas.
Me siento en las escaleras, esperando. "Nunca choveu que non escampara", diría Carmen. Estoy un rato así, mirando a los chinos con interés -un crío se lo está pasando bomba chocando dos piedras- cuando llegan dos chicas que se sientan delante de mí. La de la izquierda no tiene ningún interés: top demasiado ceñido que pone de manifiesto cruelmente unas ondulaciones altamente antiestéticas, pantalón demasiado corto, y sujetador color carne que se rebela saliendo por debajo de los tirantes.
La de la derecha es otra cosa. Rasgos asiáticos, pelo muy moreno recogido en una coleta improvisada... lleva un top suelto con la parte superior de la espalda al aire. Las gotas de agua se niegan a resbalar, no hay efecto de gravedad que las desprenda de su piel. Los chinos siguen montando su jaleo familiar, las chicas de al lado fuman y la señora china de la pareja independiente tira al suelo su cámara de fotos. Las gotas de agua siguen ahí, y yo no puedo dejar de mirarlas, ni siquiera cuando con un pañuelo de papel la chica empieza a secarse las piernas. Preciosas piernas. Y esas gotas de agua en su espalda, brillantes, que no me importaría beber, muy despacio, en esta tormenta imprevisible de verano.

lunes, 16 de agosto de 2010

Mujeres...

Al entrar veo a Marisa. Nunca se ha presentado directamente, pero Marisa ha estado detrás del mostrador, anotando citas y cobrando desde que empecé a frecuentar la peluquería. Había dejado a mi peluquera de toda la vida, desde que tengo memoria, atraído por el toque fashion y por el nombre, pero sobre todo por las chicas espectacularmente guapas que vestían esos uniformes negros. Chicas que cuando te lavan el pelo te dan un masaje, te preguntan si el agua está demasiado fría y te ponen una bata de mangas anchas para que te sientas como un terrateniente japonés rodeado de geishas.
No son peluqueras, son estilistas. "¿Tienes preferencia por alguna estilista?", pregunta Marisa cuando entro. Nunca tengo preferencia por ninguna, todas son muy guapas. Esta vez tengo suerte: me toca la más guapa, la más perfecta de todas, con una larguísima melena negra hasta la cintura, una preciosa voz grave, ojos oscuros y muchas curvas en las que uno podría perderse como con un Lamborghini por la Costa Azul.

Son increíbles. Verlas trabajar detrás de la barra es como ver a un mago haciendo su número: unos pases por aquí, un juego de manos por allá, y de repente te estás tomando el mejor gintonic de tu vida. Son como David Copperfield haciendo desaparecer la Estatua de la Libertad, pero ésto tiene gracia. Daikiri, mojito, ginonic, martini... nombres que a uno le sugieren una buena noche por delante, aunque acabe en sitios poco recomendables después de haberse codeado con la clase alta en el nuevo local de moda. Codearse. La clase alta también da codazos cuando quiere ir al baño y uno está en medio del estrecho pasillo, disfrutando de su gintonic de Martin Miller's.
Las dos se mueven de una forma bastante frenética, agarrando copas, poniendo la licuadora en marcha, montando pequeñas frutas tropicales en los bordes de copas de martini. Agarran la piel de lima con destreza, sirviéndose de dos pinzas para retorcerla y sacarle todos los aromas. Usan una cucharilla larga para servir la tónica y sacarle parte del gas excesivo; utilizan frutas y esencias para hacer su magia. Mis amigas piden daikiris y mojitos.

Somos pocos. Yo, el único hombre en el grupo, afortunado como pocos de poder estar rodeado de mujeres bellas e inteligentes, cariñosas y sinceras. Se las puede querer de forma natural, se las puede abrazar, besar, incluso mirar sus pechos sin vergüenza y con descaro. Casi todo está permitido, porque sabemos que no pasa nada. Me están despidiendo, y es una noche en la que podemos decir muchas cosas y proponer otras, llevarlas a buen término o no, sin que el mundo se acabe y sin que parezca que todo se va a ir al carajo al día siguiente.
Nos queremos, es evidente. Nos sentimos bien, por la vuelta de la ausente, porque las otras tienen trabajo y porque yo me voy a hacer las Américas en un momento en el que Santiago ya no me dice nada.

jueves, 12 de agosto de 2010

John Fante.

No tenía ni idea de quién era este tipo cuando ayer compré un libro suyo. Simplemente me gustó el título y la foto de la portada: Al oeste de Roma, y debajo un perro marrón, peludo, al que sólo se podría definir como "auténticamente bonachón".
Empecé a leerlo ayer por la noche y me hizo gracia. El tío escribía bien; es divertido, ágil, con un vocabulario a veces soez y giros bastante interesantes. Como habría escrito José Luis Alvite de haber nacido a tiempo y en el lugar adecuado para pertenecer a la generación Beat. Ahora acabo de leer un párrafo que me hizo muchísima gracia y por éso lo pongo. Es magistral.

Había ocurrido dos veces, y en ambos casos hubo por medio un animal. El primer año de casados, cuando vivíamos en San Francisco, llevé a casa una rata blanca en una jaula para que fuera nuestro animal de compañía. La rata escapó y se escondió entre los muelles del sofá, y fue casi imposible sacarla. Harriet me dio una hora para que me deshiciera de ella, y como no lo conseguí, empaquetó sus cosas y se fue en autobús a Grass Valley, a la granja de su tía. Tardé un mes en conseguir que volviera. Tuve que ir a Grass Valley con el coche y allí, en presencia de su tía, me puse de rodillas y le supliqué que volviera a casa. Accedió al fin, pero sólo tras una revisión completa del contrato de matrimonio. Yo por entonces era joven e idiota, me la jodía tres veces al día por amor y no me importaba rebajarme.

Al oeste de Roma, John Fante (1909-1983)

sábado, 7 de agosto de 2010

Salce, salce...

Hubo un tiempo en el que los ayuntamientos no eran excelentísimos; era el tiempo en el que las cosas del pueblo las trataba el Muy Noble Consejo Municipal. En este caso tengo en la mente al de Leipzig, que le concedió a Johann Sebastian Bach la plaza de cantor en la iglesia de Santo Tomás. Una decisión que aplaudirían generaciones de amantes de la música, incluso 260 años después de la muerte del pobre Johann, bendito sea su nombre.
El Excelentísimo Ayuntamiento de Monforte decidió, hace algún tiempo, cambiar la cara del pueblo. Gracias al Plan E y a las ayudas concedidas, los ediles de esta peculiar localidad decidieron renovar la imagen pública de la ciudad -si es que ciudad es un término aplicable a algo que dista mucho de ser Nueva York-, y se tomaron una serie de medidas que cambiaron para siempre el aspecto del pueblo -término mucho más adecuado- en el que uno creció tiempo atrás.
Empezaron por el tráfico, distribuyendo una serie de rotondas ridículas del tamaño de una alcantarilla grande. Siguieron las aceras, de una piedra gris e impersonal, como la de las fachadas de los edificios modernos, minimalistas, en los que la única diferencia con los nichos del cementerio radica en la presencia de ventanas. A continuación el mobiliario urbano: unas pérgolas de colores dónde debería estar una plaza con bancos, unos bancos futuristas de colores -me río de la Hundertwasserhaus de Viena- y enormes espacios de esa misma piedra gris que antes ocupaban fuentes.
Una ciudad gris, con farolas con lucecitas azules en las que puede leerse "Paseo de la Compañía", y que según mi amigo Antonio tiene como principal virtud la limitación de la contaminación lumínica.
Entre las víctimas que más recientemente han acusado el golpe está el sauce del parque. Era un árbol viejo, al menos tan viejo como mi memoria puede recordar y aún más, ya que no hay foto de bodas en la que la novia no posara bajo esas ramas ante la cámara del Arcadio. El árbol era un referente delante del Colegio -cuando se pone con mayúsculas no hay más colegio que el mío-, con su figura recortándose frente al ala Note del edificio imponente, enmarcando de forma única la fantástica mole de piedra.
Ayer me fijé en que sólo queda un tocón, de un color obscenamente claro, que indica lo reciente de la tala. Nadie parece haberse dado cuenta de la desaparición del sauce, que para mí era la encarnación de aquél que aparece en la canción que Desdémona canta en el Otello de Verdi. Era el sauce por antonomasia.
La Idea platónica que uno asociaba al concepto, y que desde ayer está huérfana para siempre, por muchos otros sauces que haya.

lunes, 2 de agosto de 2010

Homeless.

Veo que no soy el primero en escribir sobre mi partida de Santiago. Llevo bastante tiempo alejado de estos círculos virtuales, en los que una semana parece un siglo, la bandeja de entrada del mail se llena de basura que te ofrece réplicas de Rolex baratas, Viagra de una farmacia canadiense y productos para el alargamiento del pene, así como premios multimillonarios en la lotería nacional de Ghana, aunque tú no hayas estado en Ghana en tu puñetera vida y sólo eches el Gordo y los Euromillones.
Una semana alejado de este circo, decía, que me hizo tener abandonado el Facebook y los diferentes blogs que leo y que desde hace tiempo han sustituido con gran fortuna a la prensa diaria y a los informativos. Y claro, me encuentro ahora con ésto.
Efectivamente dejo mi casa compostelana. Dejo el piso por el que, como bien dice mi amigo, han pasado bastantes personas y en el que hemos vivido momentos estelares sin los que hoy seríamos un poco menos nosotros mismos. Cenas -cocinas de gourmet a menudo mal acabadas y en otras ocasiones deliciosas-, veladas musicales con los grandes maestros presentes, siempre Mozart, Haendel y el grandísimo Johann Sebastian como invitados de honor que ya eran habituales; compañerismo, anécdotas y consejos, libros de Arte, ópera y literatura, que nos convirtieron a todos -innegablemente a algunos más que a otros- en auténticos estetas, capaces de apreciar lo bueno de la vida, pero también conscientes de lo malo que nos rodea.
Se cierra el círculo, me decía alguien hace poco. No puedo evitar pensar que este año se están cerrando muchos círculos, en ocasiones relacionados unos con otros, y a veces simplemente independientes, que me hacen pensar en un fatum real, guiando con mano diestra, aunque sólo a veces, el destino.
A lo largo de 7 años, que se dice pronto, he conocido a mucha gente que ha pasado por esa casa. Algunas de esas personas se quedaron una temporada, acogidos como refugiados en ocasiones, sabiendo que esa puerta verde siempre estaba abierta. Otras sólo unos días o unas horas. Todos ellos, independientemente del tiempo que pasaran por allí, dejaron alguna marca en esas paredes de piedra y en el ocupante, que como un dragón de cuento, iba acumulando tesoros a su alrededor en aquella cueva.
Poco puedo decir que no haya dicho. Si estoy orgulloso de algo es de que prácticamente no haya habido anécdotas desagradables que puedan salir a la superficie. Sí hubo, sin embargo, grandes momentos de exaltación de la amistad, de cariño y de amor verdadero -y cada cual sabe en qué grupo ha de meterse-, lo cual me hace sonreír, bonachón, y pensar que aunque el círculo se cierre siempre puede volver a abrirse, como una cota de malla, para engarzar círculos nuevos.
Tantos como sean necesarios.